—Mamá, quiero escuchar un cuento.
En el jardín de niños, Gabriela ya le había presumido a Ángel que su mamá contaba las mejores historias antes de dormir y que todos los días eran diferentes.
Por eso, Ángel también estaba ansioso por escuchar a Isabel.
Los tres niños se acomodaron debajo de las cobijas y ella comenzó a relatarles una historia.
Isabel solía cambiar el tono de su voz según los personajes y las escenas, lo que hacía que el relato cobrara vida.
Fue entonces cuando Ángel se dio cuenta de que Gabriela no había mentido.
Mamá contaba cuentos mucho mejor que papá.
Cuando su papá le leía algo, simplemente agarraba su teléfono y recitaba lo que veía en la pantalla, sin ninguna emoción.
La voz de mamá, en cambio, era sumamente dulce.
A Ángel le encantaba.
Pero, ¿por qué mamá solo quería a Mateo y a Gabriela, y a él no?
Mientras pensaba en esto, una profunda tristeza lo invadió. Después de todo, era solo un niño. Mateo y Gabriela se durmieron enseguida, y poco a poco, él también cerró los ojitos y se sumergió en sus sueños.
Al ver que los tres ya estaban profundamente dormidos, Isabel detuvo la narración.
Cuando bajó la mirada, notó que de las largas pestañas de Ángel colgaba una pequeña y brillante lágrima.
¿Estaba llorando?
Isabel sintió una punzada en el corazón.
Por alguna razón, Ángel le daba mucha lástima.
¿Acaso Fernando no le dedicaba el tiempo suficiente?
Isabel esperó unos minutos más y, cuando se aseguró de que los niños dormían profundamente, se levantó de la cama con movimientos silenciosos. Caminó hasta el balcón y marcó el número de Fernando.
En ese instante, el auto de Fernando estaba estacionado a poca distancia de la casa de Javier.
Había visto la luz encenderse en la habitación de Isabel y la silueta de una mujer salir al balcón.
Aunque no podía distinguir sus facciones, sabía que era ella.
Su celular sonó. Era Isabel.
Respondió de inmediato.
—Señor Montero.

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