Isabel no pudo evitar reírse.
—No existen los 'y si...'. Deja de bromear con algo así.
Al ver que Isabel no sospechaba nada, Javier decidió no decir más.
Aún no encontraba la forma correcta de decírselo.
Le había costado muchísimo salir del infierno del pasado, y ahora que Camila estaba de vuelta, meter a Isabel de nuevo en el enredo entre Fernando y su hermana solo traería más sufrimiento.
Javier no tuvo el valor de revelar la verdad.
Mientras tanto, Fernando y Camila también se habían puesto en camino.
Felipe iba con ellos. Camila había insistido en que el niño nunca se separaba de ella y que, por lo tanto, tenía que acompañarlos.
Fernando consideraba que un viaje así no era lo más apropiado para un niño tan pequeño e intentó persuadirla de dejarlo con la familia Cárdenas, pero Camila se negó en rotundo. Dijo que le había costado mucho esfuerzo tener a su hijo y que no confiaba en dejárselo a nadie más.
Fernando no tuvo más opción que acceder.
—Fernando, ¿ya hablaste con Doña Sofía?
Fernando apretó los labios, sintiendo el peso de la presión sobre sus hombros.
No quería que Felipe cargara con la etiqueta de hijo ilegítimo, quería darle un estatus digno, pero al mismo tiempo no quería casarse con Camila.
No estaba dispuesto a dar ese paso bajo ninguna circunstancia.
Y para colmo, su abuela se negaba a aceptar al niño.
No sabía qué responderle a Camila.
—Ya conoces su carácter. Por ahora, no he logrado convencerla.
Camila frunció el ceño con disgusto.
—¿Y qué vamos a hacer entonces? Si salgo con él y me preguntan por su identidad, ¿qué se supone que debo decir?
Fernando la miró a través del retrovisor, fijando la vista en el pequeño Felipe que iba en sus brazos, y dijo en un tono neutro:
—¿Acaso hace falta dar explicaciones?
Cualquiera que lo viera sabría de inmediato que Felipe era un Montero.

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