Poco a poco, los ánimos en la casa se fueron tranquilizando.
Javier miró la hora y dijo:
—Mateo y Gabriela están por salir de la escuela. Voy a buscarlos.
—Te acompaño —ofreció Adriana.
Ambos salieron juntos.
Isabel no apartaba la mirada de Ángel, recostado en su pecho, y no pudo evitar darle otro beso en la frente.
Su niño mayor.
Con razón Mateo y Gabriela lo querían tanto.
Él siempre actuaba como el hermano mayor perfecto, cuidándolos y dándoles amor.
En ese momento, un empleado de la casa se acercó.
—La señora Doña Sofía Montero está aquí. Viene a dejar el equipaje del joven Ángel.
—Háganla pasar.
Doña Eliana aún le guardaba resentimiento a Doña Sofía desde que se había llevado a Ángel para criarlo en La Casona Montero hace más de dos años.
Era el momento ideal para aclarar las cosas.
Doña Sofía entró con una actitud de profunda disculpa.
Incluso había guardado "El Tesoro Recuperado" en una de las maletas del niño.
Desde que Fernando se lo dio, el cofre había permanecido en la habitación de Ángel.
La anciana trajo todo lo que consideraba importante para su bisnieto, ocupando dos maletas enormes.
—Pase y tome asiento, querida amiga —le dijo Doña Eliana.
Doña Sofía forzó una sonrisa llena de culpa. Al sentarse, sacó un sobre de documentos y se lo entregó a Isabel.
—Isabel, sufriste demasiadas injusticias al unirte a nuestra familia. Jamás quisiste aceptar nada de lo que te ofrecí y ya no sé de qué forma compensarte. Estas son mis acciones del Grupo Montero, que sean para tus tres hijos.
Si el regalo fuera solo para ella, Isabel se habría negado sin dudarlo.
Pero los tres niños llevaban la sangre de los Montero y, por derecho, debían heredar parte del patrimonio familiar. No había motivo para rechazarlo.
Tomó el sobre y respondió:
—En nombre de mis hijos, se lo agradezco.

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