Si lograba estar en la misma habitación que Fernando Montero...
Sus oportunidades aumentarían considerablemente.
En los últimos dos años, Isabel Cárdenas no había estado presente, y Camila Cárdenas tampoco.
Fernando estaba en la plenitud de su vigor, y al no tener a ninguna otra mujer a su lado, este era el momento perfecto para aprovechar su vulnerabilidad.
Giselle estaba sumamente nerviosa.
Esperaba que Fernando aceptara.
—Reserva tu propia habitación. ¡No me gusta que haya extraños en el lugar donde me hospedo!
Tras decir eso, Fernando tomó su maleta y se adelantó.
El corazón de Giselle se hundió al instante.
Por un lado, podría decirse que Fernando era un hombre devoto, dividido entre Camila e Isabel.
Por otro, si se pensara que era un mujeriego, la realidad es que nunca había habido otra mujer a su lado.
Y tampoco le daba la oportunidad a ninguna de acercarse a él.
Realmente era un hombre muy complejo.
Tan inescrutable que la dejaba desconcertada.
En fin, mientras pudiera estar con él en Vancouver, tarde o temprano encontraría la oportunidad.
Giselle reservó una habitación para sí misma.
Dado que Fernando ya sospechaba de Camila, si lograban encontrar alguna falta de ella en este viaje a Vancouver, Camila desaparecería por completo del mundo de Fernando.
Al final, solo quedaría Isabel.
Isabel había sido herida tan profundamente por él que, si ella decidía no mirar atrás, Fernando no tendría forma de remediarlo.
Así, Giselle abrió su computadora y, utilizando toda su experiencia acumulada en esos años, comenzó a investigar cada movimiento de Camila en Vancouver...
Tres días después.
Isabel recibió una llamada de Natalia Herrera.
—Señorita Cárdenas, mi esposo y yo hemos revisado los informes de varios centros de pruebas de ADN. ¡Podemos confirmar que su madre, Silvia, es la tía que mi esposo perdió hace tantos años!
Isabel se emocionó muchísimo.

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