—Abuela, ¿quieres que acepte a mi padre biológico?
Sara contuvo el dolor en su pecho y lanzó la pregunta.
—Te llamé para saber tu opinión. Sé que la reputación de Tomás no es la mejor, pero a fin de cuentas, es tu padre. La decisión es tuya.
—Déjame pensarlo.
—Muy bien, así quedamos. Hablamos luego.
Sara apretó el teléfono con fuerza, llena de resentimiento.
La familia Solís aseguraba que no la echarían y que seguiría siendo parte de ellos, pero en la práctica, ya estaban buscando la forma de sacarla de la casa.
Doña Eliana conocía perfectamente la escoria que era Tomás, y aun así le reveló la verdad.
No tenían la menor intención de protegerla.
Ahora que Tomás lo sabía, era obvio que la buscaría.
Si Doña Eliana se hubiera quedado callada, por mucho que Tomás sospechara, no se habría atrevido a hacer nada.
Prueba de ello era que en estos tres años nunca había ido a molestarla.
Pero ahora, tres años después, su mayor miedo se hacía realidad.
No quería reconocer a Tomás Cárdenas; no quería que el mundo supiera que era una simple hija ilegítima.
Mientras Sara estaba sumida en su frustración, su asistente entró para avisarle que un hombre llamado Tomás Cárdenas había venido a verla.
Vaya, qué rápido se movía.
Podía esquivarlo hoy, pero no toda la vida.
—Hazlo pasar.
Tomás entró a la oficina y la observó con orgullo. Sara tenía todo el porte de una señorita de la alta sociedad y, además, un puesto excelente. Su alegría era incontenible.
Se veía mucho más exitosa que Camila.
Camila solo sabía vivir a expensas de Fernando Montero. Sin él, no era más que un parásito inservible.
Sara sí que cumplía con sus expectativas.
Tomás fue directo al grano:
—Ya sabes que hubo un intercambio entre tú e Isabel. Tú eres mi verdadera hija.
—¿Y viniste hasta aquí porque quieres reconocerme?
Tomás se quedó paralizado un segundo.
—¿Acaso no quieres reconocer a tu propio padre?

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