El día del cumpleaños de Camila, Isabel se manchó la ropa por su período sin darse cuenta.
Ninguno de los presentes tuvo la decencia de avisarle; al contrario, se burlaron de ella a sus espaldas.
Él nunca supo qué lo impulsó ese día a quitarse su abrigo para atárselo a la cintura y protegerla de las miradas.
Al recordar ese detalle, una leve sonrisa se dibujó en sus labios.
Fernando miró su reloj; el avión estaba por aterrizar. A través del comunicador de la agencia de seguridad, ordenó a todos que estuvieran alerta.
Mantuvo su mirada fija, con total concentración, en la salida de pasajeros.
El corazón le latía con una fuerza desbocada.
Estaba a punto de volver a ver a Isabel.
Una vez que el avión aterrizó, Leonardo descendió llevando a Isabel a cuestas.
Para facilitar su escape, no llevaba equipaje. Había conseguido el pasaporte de Isabel gracias a la ayuda de Sara.
Como viajaban en primera clase, fueron de los primeros en desembarcar.
No había mucha gente en esa sección; cuando Fernando vio a los pasajeros acercarse, distinguió a Leonardo al instante.
Leonardo llevaba a Isabel, quien aún mantenía los ojos cerrados.
¿Cómo había logrado sacarla del país? ¿Qué demonios le había hecho?
—¡Muévanse!
Fernando dio la orden a sus hombres y avanzó a pasos agigantados hacia Leonardo.
Al ver que una barrera de hombres le cerraba el paso, Leonardo levantó la vista y sus ojos se encontraron con los de Fernando.
La expresión de Leonardo se endureció de inmediato.
¿Qué hacía Fernando esperándolo ahí?
Sin embargo, estaban en Vancouver; detenerlo no le sería tan fácil.
Leonardo lo ignoró e intentó rodearlo para seguir su camino.
—¡Leonardo Zamora!
Fernando lo agarró del brazo y exclamó con voz severa: —¿Qué te crees que estás haciendo? ¿Pretendes llevarte a Isabel bajo mis propias narices?

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