—Estamos a nada de llegar a mi casa, ¿de qué te preocupas?
—Cuando Leonardo te secuestró, también estabas a nada de llegar a tu casa.
Isabel no quiso seguir discutiendo y accedió a volver con él en taxi hasta la casa.
Al bajar, ella le dedicó una última mirada.
Su corazón volvió a ceder un poco.
Después de todo, él la había salvado y traído a salvo, permitiéndole despedirse de sus abuelos.
Pero, pensándolo bien, no podía permitirse ser débil.
Su exceso de confianza casi le costaba carísimo la última vez.
Así que entró a la casa sin siquiera voltear atrás.
Sara estaba ahí, haciéndole compañía a su tía Julia Solís y a su tío Luis Cortés.
Al ver entrar a Isabel, se quedó helada.
¿Acaso Leonardo no la había sacado del país?
Silvia, al verla llegar, corrió a revisarla de pies a cabeza, y al confirmar que estaba a salvo, la abrazó con fuerza.
—Isabel, me tenías con el corazón en la boca. ¿Ese desgraciado de Leonardo te hizo algo?
—Mamá, estoy bien.
Isabel se separó suavemente de su abrazo.
Julia no paraba de llorar. Isabel se acercó, le tomó las manos y, con la voz rota, la llamó tía.
Tía y sobrina se abrazaron, ahogadas en un mar de lágrimas durante un largo rato.
Mientras Isabel no estuvo, Sara sentía que pertenecía a esa familia; pero ahora que había vuelto, su lugar parecía haberse desvanecido.
Poco después, discutieron los avances de la investigación.
Fue así como Isabel se enteró de que las muertes de los abuelos podrían haber sido provocadas.
Tomás era el principal sospechoso.
Solo que aún no existían pruebas concluyentes.
—Tía, tío, iré a la comisaría a preguntar cómo va el caso.

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