Por suerte, Felipe era de complexión pequeña, más chico que un niño de casi tres años, pero más grande que uno de casi dos, lo que le permitió mantener la mentira.
¿Cómo había empezado a sospechar?
Si ella lo había planeado todo a la perfección...
—Fernando...
—¡No te atrevas a llamarme así!
La voz sombría de Fernando resultó aterradora.
Camila no pudo evitar estremecerse.
Las lágrimas comenzaron a asomar en sus ojos.
Fernando jamás la había asustado de esa manera.
La mirada gélida del hombre parecía querer destrozarla viva.
—¿Por qué no me explicas cómo es que el hijo que supuestamente diste a luz resulta ser compatible genéticamente con Isabel?
Camila procesó la información a toda velocidad. Además de saber que Felipe era hijo de Isabel, ¿qué más había descubierto?
¿Qué debía decir?
Con la prueba de paternidad sobre la mesa, negar los hechos sería imposible.
¿Qué iba a hacer?
Camila apretó los puños, tensó la mandíbula y lo miró con expresión lastimera.
Finalmente, tomó una decisión y dijo entre lágrimas: —Fernando, yo...
—¡Te dije que no me llames así! ¡Me da asco solo escucharlo!
Camila se quedó atónita.
Así que él también era capaz de perder los estribos.
Cuando cambiaba de actitud, era más rápido, más cruel y más aterrador que cualquier otra persona.
—Yo no quería hacer esto, pero como Isabel te dio tantos hijos de golpe, mi mamá temía que ya no pudieras estar conmigo, así que escondió a Felipe en secreto. Te lo juro, yo no supe nada de esto sino hasta justo antes de irme al extranjero.
Fernando soltó una carcajada amarga. —¿Todavía tienes el descaro de mentirme?
Cuando se enteró de que estaba embarazada, debía saber perfectamente que el bebé no era suyo.
Y aun así, le aseguró con total firmeza que el hijo era suyo y que estaba dispuesta a hacerse una prueba de paternidad.
Fue su enorme seguridad lo que lo hizo dudar de sí mismo, a pesar de que él se había sometido a una vasectomía e, incluso si hubiera tenido intimidad con ella, habría sido imposible dejarla embarazada.
Camila se apresuró a explicarse con pánico: —¡Es la verdad! Antes de eso, realmente no sabía de la existencia de Felipe, de lo contrario, no te habría sugerido que criáramos a Ángel.
La ira de Fernando alcanzó su punto máximo.
—¿No lo sabías? ¿Entonces por qué estabas tan segura de que el bebé era mío cuando estabas embarazada?
Para salvar su propio pellejo, Camila no tuvo más remedio que confesar: —Fue mi mamá, ella me obligó a engañarte. Me dijo que tenía a Felipe y que podría pasar cualquier prueba de ADN.


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