—Gabriela, ¿de dónde sacaste este collar?
—Me lo dio mi abuela Silvia. Me dijo que me lo pusiera y que no lo perdiera por nada del mundo.
Las manos de Fernando comenzaron a temblar ligeramente.
Acarició la cabeza de Gabriela y dijo: —Es hermoso. Tienes que cuidarlo muy bien, mi amor.
—Adiós, papá.
Fernando se despidió de sus cuatro hijos y salió del Jardín de Niños San Jacinto. Una vez dentro de su auto, la imagen del collar colgando del cuello de Gabriela no desaparecía de su mente.
¿Por qué Silvia tenía el mismo collar?
¿Qué estaba pasando?
¿Acaso Camila también le había mentido sobre la procedencia del collar?
Necesitaba confirmarlo urgentemente.
Una verdad aterradora amenazaba con salir a la luz en su mente.
Además de la urgencia, Fernando sentía una opresión asfixiante en el pecho.
Tenía el presentimiento de que todo lo que había creído en su vida estaba equivocado.
Condujo a toda velocidad hacia la residencia de la familia Solís.
Tras la pérdida de los dos ancianos patriarcas, el ambiente en la casa era lúgubre y desolador. La hostilidad de Javier hacia Fernando ya no era tan evidente. Cuando un empleado abrió la puerta, Fernando indicó que buscaba a Javier.
Anteriormente, la familia Solís tenía prohibido dejar entrar a Fernando, así que el empleado fue a consultar con Javier, quien finalmente autorizó su ingreso.
Fernando entró apresuradamente.
Al verlo, Javier le preguntó: —¿Qué pasa?
—¿Está la señora Silvia?
Javier se sorprendió un poco al escuchar cómo se refería a ella.
—Está en su habitación, iré a llamarla.
Isabel había acompañado a Silvia a la estación de policía y luego la trajo de regreso antes de salir nuevamente a ocuparse de unos asuntos.
—Señora Silvia, Fernando está aquí y la busca.
Javier tocó la puerta.
Silvia salió de la habitación y fue a la sala, donde Fernando la esperaba con ansias.
Él caminó rápidamente hacia ella.
—Señora Silvia, ¿el collar que lleva Gabriela es suyo?
—Sí.
—¿Desde cuándo tiene ese collar?

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