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Divorcio Postparto con Mi Cruel Marido Millonario romance Capítulo 660

La mujer que has amado por más de diez años.

Ah.

Cada maldita palabra que escupía la Señora Cárdenas solo servía para restregarle en la cara su propia estupidez.

—¡Lárgate!

El grito de Fernando retumbó en la habitación, cargado de una furia glacial.

Sus ojos estaban tan inyectados en sangre que parecían los de un demonio.

Jamás en su vida la Señora Cárdenas había visto a Fernando en un estado tan salvaje y explosivo.

El terror la paralizó por completo.

No se atrevió a pronunciar una sola palabra más, ni a hacer una sola pregunta.

Dio media vuelta y huyó de La Casona Montero como si su vida dependiera de ello.

Incluso cuando ya estaba a salvo dentro de su vehículo, su corazón seguía latiendo a mil por hora, amenazando con salírsele del pecho.

¡Se acabó!

Fernando nunca más volvería a confiar en Camila.

Ningún hombre en la faz de la tierra podría perdonar que su mujer anduviera ofreciéndose por ahí, y mucho menos rebajándose a revolcarse con ese extranjero de pelo rojo.

¡Y vaya que Camila tenía un apetito insaciable! Pudiendo elegir la discreción, tenía que irse precisamente a buscar a ese pelirrojo.

Era el colmo de la desfachatez.

Esta vez, Camila había destruido su propio futuro con sus propias manos.

Fernando se apoyó la mejilla en la mano, alzó la vista hacia el techo y parpadeó con fuerza; el contorno de sus ojos, enrojecido, delataba las lágrimas contenidas.

Doña Sofía, por su parte, suspiró aliviada.

Al fin, él había visto los verdaderos y monstruosos rostros de esa madre e hija.

La única tragedia era que le había tomado demasiados años darse cuenta.

Y el precio que había pagado por abrir los ojos era devastador.

Doña Sofía sacudió la cabeza con tristeza: —Quién diría que las mismas mujeres que supuestamente arriesgaron su vida para sacarte de las llamas esconderían una maldad tan profunda.

—¿Salvarme? Ellas... ¡Jamás hicieron tal cosa!

Fernando soltó las palabras casi apretando los dientes.

Sentía como si millones de agujas le estuvieran perforando el corazón al mismo tiempo.

—Fernando, ¿qué estás diciendo?

—Ellas nunca fueron mis salvadoras.

Fernando sollozó e intentó tragar el nudo en su garganta.

—Entonces... ¿quién te salvó?

Fernando guardó silencio durante un largo y agónico minuto antes de responder con la voz quebrada: —Fueron Isabel y mi suegra Silvia.

Al terminar de hablar, se inclinó hacia adelante y hundió el rostro entre sus manos.

Doña Sofía se quedó petrificada. Su mente tardó en asimilar semejante revelación.

Cuando por fin reaccionó, se abalanzó sobre Fernando y comenzó a golpearlo en la espalda con sus puños temblorosos.

—¡Fernando, me vas a matar de un coraje!

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