Fernando, con los brazos cruzados, estaba apoyado contra su auto, mirándola fríamente.
Al ver a Fernando, la Señora Cárdenas dijo emocionada:
—Fernando, Camila ya está aquí, por favor escucha lo que tiene que decirte.
La Señora Cárdenas aún creía que tenían una oportunidad.
Camila caminó desesperada hacia él.
—Fernando, ¿de verdad ya no hay vuelta atrás para nosotros?
Fernando mantuvo los labios apretados en una línea fina; su rostro perfectamente esculpido no mostraba la más mínima emoción.
Camila supo su respuesta de inmediato.
Sonrió con resignación.
Había calculado cada detalle, y aun así, había fracasado.
Tomás se acercó apresurado.
—¡Qué estás esperando! ¡Arrodíllate y pídele perdón a Fernando!
Tomás le dio una patada detrás de las rodillas. Sin poder evitarlo, Camila cayó de rodillas frente a Fernando, ahogando un grito de dolor.
La Señora Cárdenas corrió y empujó a Tomás con fuerza.
—¡Estás loco! ¡Qué te pasa!
La Señora Cárdenas ayudó a Camila a ponerse de pie.
Fernando no dijo ni una palabra. No le interesaba que Camila se humillara ante él.
¿De qué servía que se arrodillara?
Lo había engañado durante trece años, ninguna humillación le devolvería ese tiempo perdido.
Camila lo miró débilmente, sintiendo punzadas de dolor en el pecho.
Ella no quería que todo terminara así.
Al principio, su única intención había sido sobrevivir.
Lentamente, Camila miró a la Señora Cárdenas y la apartó de sí.
Si la Señora Cárdenas hubiera buscado a aquel hombre antes para curarle la enfermedad, nada de esto habría pasado.
El odio que sentía por la Señora Cárdenas creció aún más.
Por culpa de su infidelidad, todo ese dolor había recaído sobre ella.
—Camila...
Camila giró la cabeza hacia Fernando, ignorando a la Señora Cárdenas.
—Hablemos a solas —le dijo a Fernando.
Fernando le hizo una seña a su guardaespaldas, quien se acercó para indicarle a Camila que subiera a su auto.

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