—¡Eso nunca te perteneció para empezar! —respondió Silvia, visiblemente alterada.
Sara miró a Silvia con profunda decepción.
Hasta el momento, Silvia seguía ocultando que pertenecía a la prestigiosa familia Jiménez de la Capital.
Mientras Tomás estaba dispuesto a cometer atrocidades para asegurarle beneficios, su propia madre ni siquiera movía un dedo a su favor.
—¿De quién eres madre, exactamente? Yo no estoy exigiendo los bienes de los Solís, me los dieron mis abuelos. Fue una decisión de ellos, ¡no tienen ningún derecho a arrebatarme el cariño que me dejaron!
Isabel, que había guardado silencio todo este tiempo, finalmente habló.
—Sara, ¿de verdad crees que eres digna del amor que te dieron mis abuelos?
Sara la miró atónita, sin entender por qué hacía esa pregunta de repente.
—¿Por qué no iba a ser digna? —respondió, a la defensiva—. Nada de esto es culpa mía. Isabel, cuando regresaste a la familia Solís, jamás intenté arrebatarte nada, pero tú has acaparado a mi madre todo este tiempo. ¿Te has puesto a pensar en cómo me siento?
—Nuestra madre estuvo esperando que regresaras a su lado en todo momento. ¿Alguna vez diste el primer paso para acercarte a ella? Cuando tiraste a la basura la bufanda que te tejió con sus propias manos, ¿te importó cómo se sentía?
—¡Por Dios, estamos en pleno siglo XXI, nadie usa bufandas tejidas a mano!
Sara no creía haber cometido ningún error.
¡Al contrario, sentía que todos se estaban portando de lo peor con ella!
Había perdido su lugar en la familia Solís y su madre biológica la trataba como si no existiera.
Y todo eso le pertenecía a ella por derecho.
Al escuchar sus palabras, Silvia sintió una punzada de dolor en el pecho.
—¡Eres una desagradecida, una completa víbora!
Tía Julia señaló a Sara, con el corazón destrozado de la impotencia.
Sara retrocedió lentamente.

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