Camila no podía seguir viva; tenía que morir.
¿Cómo era posible que ella tuviera las grabaciones de sus llamadas y Sara no?
Si Fernando tenía a Camila encerrada, ¿por qué no había acabado con ella todavía?
No creía que él aún sintiera algo por ella; seguramente la mantenía viva para sacarle información.
¡Un momento!
Sus tratos con Camila siempre fueron extremadamente cuidadosos. ¿Cómo se había enterado Fernando?
Sara frunció el ceño, devanándose los sesos sin lograr descifrarlo.
Quizá lo mejor era ir a ver a Fernando en persona.
Aquella noche, mientras todos dormían, Fernando abrió el software de espionaje en su celular.
Al escuchar la conversación entre Camila y Sara, el desprecio que sentía por Camila se multiplicó.
Como no pudo convencerlo a él, fue corriendo a buscar a Sara.
Le daba curiosidad ver si la abogada realmente cumpliría su promesa.
Al día siguiente, Fernando asignó más guardaespaldas: algunos se quedaron vigilando su casa y otros se apostaron cerca del Jardín de Niños San Jacinto.
Esa misma mañana, recibió una llamada de Sara.
—Fernando, ¿tienes tiempo para vernos?
—Sí.
—¿Dónde estás?
—En el Grupo Montero.
—Voy para allá —dijo Sara sin titubear.
Minutos después, Sara apareció en su oficina. Fernando le ofreció asiento.
—Asumo que ya descubriste la verdad sobre el origen de Felipe, ¿no es así?
—Sí, gracias por advertirme aquella vez.

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