Cuando llegó la policía, no encontraron a nadie impidiendo el paso de Camila, por lo que le dieron un severo regaño por movilizar recursos públicos sin motivo.
Camila no tenía la menor intención de presentar cargos contra Fernando. Soportó la reprimenda y, finalmente, salió de la propiedad.
Los guardaespaldas que la custodiaban empezaron a seguirla de forma encubierta.
Tras dejar la villa, se dirigió directamente a La Casona Montero. Durante el trayecto, intentó llamar a Felipe, pero el reloj seguía apagado.
Al llegar a la inmensa residencia, se pegó al timbre con desesperación. Doña Sofía Montero salió al pórtico y, al ver quién era, frunció el ceño con disgusto.
¿No se suponía que Fernando la tenía encerrada bajo vigilancia?
¿Cómo diablos se había escapado?
—¡Señora Montero, necesito ver a Felipe! ¡Déjeme entrar!
Camila ignoraba que el niño estaba en el Jardín de Niños San Jacinto.
La anciana la fulminó con una mirada glacial y le ordenó a su empleada:
—Si sigue haciendo escándalo, llama a la policía y denúnciala por alterar el orden.
Sin dirigirle ni una palabra más, Doña Sofía regresó al interior de la casa.
—¡Felipe!
Camila empezó a gritar a todo pulmón. Estaba convencida de que, si hacía suficiente ruido, el niño la escucharía y saldría corriendo a buscarla.
Y si lograba verlo, sabía que él se iría con ella sin dudarlo.
Desde la sala, Doña Sofía marcó el número de su nieto.
—¿Cómo es que Camila está suelta? ¿Acaso tú mismo la dejaste ir, pedazo de inútil?
La paciencia de la abuela con Fernando pendía de un hilo.
—No fui yo. Llamó a la policía.
—Más te vale. Está allá afuera montando un circo. ¿Qué vamos a hacer cuando los niños salgan de la escuela?
Doña Sofía conocía bien el profundo apego que Felipe le tenía a esa mujer y temía que se fugara con ella.
Por otro lado, la familia Solís estaba en plenos preparativos del funeral, por lo que Isabel estaría demasiado ocupada para recibirlos.
La prioridad absoluta era evitar cualquier contacto entre Camila y el niño.
—Hoy yo pasaré por los niños —aseguró Fernando.


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