—Cuídese mucho, señorita Cárdenas.
Giselle le colgó el teléfono en la cara.
Después de todo lo que Camila había hecho, era evidente que sus posibilidades de reconciliarse con Fernando eran nulas.
Giselle ya no tenía por qué fingir respeto.
Camila hervía de rabia, pero estaba atada de manos.
Giselle llevaba años trabajando para Fernando, siempre impecable, sin dejar jamás un solo cabo suelto del que Camila pudiera agarrarse para vengarse.
Una vez que logró calmarse, analizó la situación con frialdad. Si Fernando la despreciaba tanto que hasta su asistente se atrevía a humillarla, enfrentarse a él era una batalla perdida.
Él estaba alerta.
Jamás le permitiría llevarse a Felipito.
Al final, Camila decidió que no tenía más remedio que contarle a Fernando todo lo que había hecho junto a Sara Solís.
De lo contrario, realmente terminaría pudriéndose en la cárcel.
Camila llamó a Fernando.
Él ya esperaba su llamada.
—¿Ya lo pensaste bien?
—Sí.
—Habla.
Fernando no estaba para rodeos.
—Hablemos en persona.
Él hizo una pausa antes de responder: —De acuerdo.
—Trae a Isabel contigo.
—¿Para qué la quieres a ella ahí?
Camila habló con tono calculador: —Es sobre ella, tiene derecho a saberlo.
—Me niego.
Fernando no confiaba en ella. ¿Y si soltaba la lengua de más o le revelaba 'ese' secreto a Isabel a propósito?
Aún no estaba listo para que ella supiera la verdad.

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