Llegados a este punto, no firmar ya no era una opción.
Con voz temblorosa, Isabel preguntó:
—¿No hay un procedimiento que sea más seguro?
—Esto es lo mejor que podemos hacer bajo las circunstancias actuales.
Isabel miró el consentimiento de la cirugía y el documento de estado crítico mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.
A pesar de todo el dolor que Fernando le había causado, ver lo frágil que estaba su vida en ese momento la dejó sumida en un caos emocional.
Ella solo quería cortar todos los lazos con él, no deseaba que muriera.
—Firme de una vez, el doctor sigue esperando.
La enfermera insistió nuevamente.
Javier tampoco imaginó que aquella última puñalada hubiera sido tan letal, pero no le quedó más remedio que tratar de calmarla:
—Isabel, firma. No podemos retrasar más su atención médica. La medicina hoy en día está muy avanzada; va a estar bien.
Con la mano temblorosa, Isabel plasmó su firma.
La enfermera tomó los documentos y entró rápidamente al quirófano.
Isabel se quedó completamente aturdida.
En su mente no dejaba de repetirse la imagen de Fernando aferrando el filo del cuchillo con una determinación inquebrantable, y el momento en que Sara arrancó el arma, dejando la mano de él destrozada con el hueso expuesto.
«Ya que no puedo tener a la persona que amo, tú tampoco tendrás a la tuya.»
¿Por qué Sara había dicho algo así?
El fallecimiento de sus abuelos fue su primer encuentro con la muerte y la separación definitiva.
Siempre había creído que algo así estaba muy lejos de ella.
Y ahora Fernando se encontraba al borde de la muerte.
Esas tragedias repentinas le estaban desgarrando el corazón sin piedad.
No quería pensar más.
Ni tampoco quería afrontarlo.
Le angustiaba el estado de Fernando, pero al mismo tiempo era incapaz de olvidar todo el daño que él le había causado.
Isabel miró a Javier y le dijo con la voz apagada:
—Javier, quiero ir a casa.
No quería quedarse, no quería pensar si Fernando sobreviviría o no.

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