Como el parto de Isabel estaba cerca, ella había viajado al pueblo para cumplir una manda y pedir por ella, rogando para que Isabel tuviera un buen alumbramiento.
Jamás imaginó que el bebé nacería prematuro ni que Camila regresaría del extranjero justo entonces.
Y ese granuja de Fernando solo se había preocupado por Camila, al punto de ni siquiera saber cuántos hijos había dado a luz Isabel.
Era indignante.
—Isabel, nuestra familia Montero te ha fallado.
—Fue mi error, desde el principio pude haber elegido no casarme.
Doña Sofía se quedó pasmada.
Isabel se arrepentía de haberse casado con Fernando.
Reparar ese matrimonio iba a ser muy difícil.
—Isabel, la verdad es que Fernando...
Doña Sofía estuvo a punto de revelar la verdad de lo que había sucedido en el pasado.
Pero como el mismo Fernando no había dicho nada, no sabía si era el momento adecuado.
Quizá él tenía sus propios planes y si ella hablaba antes de tiempo, podría resultar contraproducente.
Doña Sofía cambió de tema: —Fernando sabe que cometió un error. Isabel, ¿podrías darme el gusto a mí, que ya soy una anciana, y por los cuatro niños, reconsiderarlo? Ahora son pequeños y no entienden de divorcios, pero cuando crezcan un poco más, se darán cuenta. ¿De verdad tienes el corazón para separar a estos cuatro angelitos de su padre y de su madre?
Isabel no respondió directamente, sino que dijo: —Iré a ver a Felipe.
Caminó hacia la recámara donde se había metido el niño y empujó la puerta con suavidad.
Felipe estaba encogido en un rincón, llorando.
—Felipito.
Isabel pronunció su nombre dulcemente.
—Vete, no quiero verte. Por tu culpa no puedo ver a mi mamá.
El corazón de Isabel estaba a punto de romperse en mil pedazos.
Antes, Ángel también había llorado de esa misma forma.

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