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Divorcio Postparto con Mi Cruel Marido Millonario romance Capítulo 749

A los niños también parecía fascinarles la nieve; iban pegados a las ventanas del auto, maravillados con el paisaje.

—¡Guau, miren qué grandes son los copos! —exclamó Gabriela con su vocecita dulce.

—Sí, parecen plumas de verdad —respondió Felipito.

Estaba sentado junto a su hermanita, y ambos compartían la emoción muy juntitos.

Ver esa escena llenó el corazón de Isabel de un profundo consuelo.

Ella iba en la camioneta junto a los cuatro niños, Doña Matilde y su tío Sebastián, rumbo a la residencia de los Sandoval.

Javier y Adriana, para no incomodar, decidieron irse en el otro auto directo a su hotel, llevados por el chofer de la familia.

Adriana estaba encantada con la nevada. Bajó un poco la ventanilla para admirar los copos bailando en el aire.

Definitivamente, salir de la rutina y viajar obraba milagros en el estado de ánimo.

Javier también se sentía mucho más ligero. Las semanas anteriores habían sido asfixiantes tras la muerte de los abuelos Solís.

Dejar atrás las presiones del trabajo y las cargas emocionales le permitió respirar y disfrutar del momento.

La última vez que Doña Matilde había visitado San Jacinto, le pidió a Isabel que se fuera con ella, pero no pudo aceptar debido a la situación con Felipito.

El hecho de que esta vez el niño hubiera venido la tenía exultante. Había mandado a hacer un regalo especial para cada uno de los cuatrillizos: unas pulseritas hechas a medida. Cada una llevaba una plaquita de plata grabada con la inicial del nombre de cada niño.

Doña Matilde sacó las cajitas y dijo con voz cantarina:

—Mis amores, soy su abuela Matilde. Les preparé un regalito de bienvenida. Hay uno para cada uno. Isabel, las letras son muy pequeñitas para mis ojos, ¿me ayudas a dárselas?

Los cuatro pares de ojitos se clavaron en Isabel.

Revisó las pulseras una por una. La primera tenía la letra 'F'.

—Esta es la de Felipito. Ven, mi amor, dame tu manita para ponértela.

Las pulseritas eran hermosas, y había exactamente cuatro, una para cada hermano.

Obviamente, Felipito quería la suya.

Extendió su bracito hacia Isabel.

¡No la rechazó!

A Isabel se le hizo un nudo en la garganta y los ojos se le llenaron de lágrimas.

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