Isabel se quedó en silencio; tomar esa decisión era muy difícil.
Adriana la miró fijamente y le dijo: —Sé que dudas mucho, pero solo tienes que responderte a ti misma: ¿lo amas?
A lo que más teme el ser humano es a reprimirse, pues reprimirse es lo más doloroso.
El odio es odio.
El amor es amor.
El amor no desaparece por más profundo que sea el odio.
Del amor más profundo nace el odio más intenso.
Si no hay amor, no puede haber odio.
Isabel ya tenía una respuesta en su corazón.
—Adriana, gracias.
—Solo no quiero verte triste ni sufriendo.
Ese era el sentido de "quien lo ve desde fuera, lo ve más claro".
Si Adriana estuviera resolviendo sus propios problemas, tal vez tampoco lo vería con tanta claridad.
Adriana ya conocía la elección de Isabel y solo esperaba que en el futuro los aguardara una hermosa felicidad, sin más obstáculos.
La condición actual de Isabel requería que siguiera recibiendo suero en el hospital. Ella quería ver a sus hijos.
Al final, logró contenerse; esperaría a estar un poco mejor para ir a verlos.
En ese momento, sonó el teléfono de Adriana.
Era Arturo Serrano.
Adriana contestó.
—Adriana, ¿ya está mejor la situación con Isabel?
—No tiene nada grave, y Fernando también está bien.
—Ya que no les pasó nada grave, paso a buscarte para comer algo. Mañana ya me voy.
Él no podía estar seguro de cuándo sería la próxima vez que se verían.
Adriana estaba aún menos segura; antes de este reencuentro, llevaban tres años sin hablar y cinco sin verse.
—De acuerdo, tomaré un taxi para ir allá.
Adriana colgó el teléfono y le dijo a Isabel: —Arturo se va mañana y me invitó a comer.
—Si se va, quién sabe cuándo volverás a verlo. Ve tranquila, no te preocupes por mí, estoy bien.
Adriana no se sentía del todo cómoda dejando a Isabel sola en el hospital.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Divorcio Postparto con Mi Cruel Marido Millonario