Precisamente por esa soledad, comenzaba a experimentar la agonía que Isabel había sentido en el pasado.
Ahora mismo, ni siquiera había otro hombre en la vida de Isabel, y aún así él se sentía destrozado. Sin embargo, en el pasado, él la había abandonado innumerables veces para correr detrás de Camila.
¿Cuánto debió haberle dolido el corazón a Isabel?
Tras tres días de reposo, el cuerpo de Isabel se había recuperado bastante.
Los cuatro niños querían ver a Fernando.
Doña Matilde Sandoval había planeado visitarlo desde antes, pero como Isabel se resfrió al día siguiente, la anciana pospuso su visita hasta hoy. Isabel le pidió a ella y a Sebastián que llevaran a los niños al hospital.
Cuando los pequeños asomaron la cabeza en la habitación, los ojos de Fernando se iluminaron por completo.
Al ver a los niños, pensó que Isabel también había venido.
Sin embargo, solo entraron Doña Matilde y el tío Sebastián.
Isabel no apareció.
La decepción invadió el rostro de Fernando.
Aun así, poder ver a sus cuatro hijos lo llenó de alegría.
Isabel al menos era justa en eso: jamás les había negado a los niños el amor de su padre. Eso era, en cierto modo, una oportunidad para él, y debía esforzarse al máximo por aprovecharla.
Los cuatro niños se agruparon alrededor de la cama, turnándose para preguntarle a Fernando cómo se sentía.
Cada palabra le confirmaba a Fernando la inmensa dicha de ser padre.
Gabriela parpadeó con sus grandes ojitos y preguntó: —Papá, ¿cuándo te vas a curar? Quiero que me lleves a jugar.
—Aún necesito un poco más de tiempo. Pero te prometo que, cuando me mejore, no haré otra cosa más que llevarlos a pasear todos los días.
—Eres el mejor, papá.
Gabriela se puso de puntillas y le dio un sonoro beso en la mejilla.
Fernando extendió la mano con dificultad y le acarició la cabeza.
Doña Matilde dejó los obsequios sobre la mesa de noche. Al ver a Fernando postrado en la cama, interactuando con tanta ternura con los niños, no pudo evitar conmoverse un poco.
Sebastián sentía lo mismo.

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