Doña Sofía estaba con el alma en un hilo. De inmediato ordenó a todos los empleados de la casa que salieran a buscarla.
En medio de su desesperación, sonó el teléfono. La pantalla mostraba el nombre de Isabel.
Contestó de inmediato, gritando llena de ansiedad: —¡Isabel!
—No soy Isabel.
La voz de un hombre desconocido respondió al otro lado de la línea.
—¿Y usted quién es?
—Iba pasando por el lugar y la vi herida. La traje al hospital y ahora mismo está en urgencias. ¿Usted es su abuela? ¿Desea venir a verla?
—Sí, voy para allá enseguida.
Doña Sofía no se atrevía a salir sola, así que decidió llevarse a los cuatro niños con ella.
Si Isabel había sacrificado tanto, había sido precisamente por el bienestar de esos pequeños.
La anciana le pidió a Carlos que condujera hasta la clínica.
Al llegar apresuradamente, se encontró con el sujeto de la llamada.
La camisa blanca del hombre estaba manchada de sangre.
Era un individuo bastante apuesto y destilaba un aura de gran distinción.
Doña Sofía se puso en alerta al instante y preguntó: —¿Acaso usted conoce a mi Isabel?
—No, no la conozco. Como le dije, solo pasaba por ahí. Revisé su teléfono y vi que el número al que más había llamado era el suyo, y la tenía registrada como «Abuela Sofía».
Doña Sofía se apresuró a aclarar: —Soy la abuela de su marido, y estos de aquí son mis cuatro bisnietos.
El hombre miró a los cuatro tiernos pequeños que acompañaban a la anciana y preguntó con curiosidad: —¿Son sus hijos?
—Así es. Son cuatrillizos, tres niños y una niña.
Doña Sofía se dirigió rápidamente a los pequeños: —Niños, denle las gracias a este señor por haber salvado a su mami.
—Muchas gracias, señor —dijeron los cuatro al unísono.
Sus vocecitas resonaron llenas de agradecimiento.
El hombre los observó con una sonrisa, sintiendo un cariño repentino, en especial por la niña, que era la viva imagen de su madre.

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