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Divorcio Postparto con Mi Cruel Marido Millonario romance Capítulo 810

Elena no tenía idea de que Isabel fuera madre, y mucho menos de que tuviera cuatrillizos.

Por supuesto que quería conocerlos.

Asintió vigorosamente.

—Mi abuela, mi tío Sebastián y la tía Beatriz también te extrañan muchísimo. Tienes que cuidar tu salud por ellos. Volvamos a casa, llamaré a la abuela, ¿te parece bien?

Isabel intentó ayudar a Elena a ponerse de pie, y Fernando intervino de inmediato para sostenerla por el otro brazo.

—¿Quién es él? —preguntó Elena.

—Mi exesposo.

—¿Estás divorciada?

Isabel asintió.

Elena fijó su mirada en Fernando.

Fernando, sintiéndose culpable, parpadeó con nerviosismo.

Apenas había conocido a Isabel ese día, pero Elena ya se había dado cuenta de que su hija era una mujer excepcional y de gran corazón. Si una mujer como ella había terminado divorciada, era fácil imaginar cuánto la había defraudado ese hombre.

De inmediato, Elena se apartó del brazo de Fernando.

Nunca había podido cumplir con su deber de madre, pero ahora que había recuperado a su hija, no perdonaría por nada del mundo a quien le hubiera roto el corazón.

Haber llegado al divorcio, incluso con cuatro hijos de por medio, hablaba pésimo de ese sujeto.

—Isabel, vámonos.

—Suegra —la llamó Fernando.

Fernando intentó detenerla.

—Ya están divorciados, así que no soy tu suegra. No te tomes confianzas. Si hubiera sabido que eras su exesposo, jamás me habría subido a tu auto.

Elena se volvió hacia Isabel y dijo: —Isabel, vámonos de aquí.

Limpiándose las lágrimas, tomó a Isabel de la mano y caminaron hacia el borde de la carretera para buscar transporte.

Fernando entendió que no era el momento adecuado para insistir, así que no las siguió.

Se limitó a observar cómo abordaban un taxi y luego arrancó su auto, siguiéndolas a la distancia.

La fortaleza que Elena había demostrado frente a Fernando era solo el instinto protector de una madre hacia su hija. En cuanto subieron al taxi, las lágrimas volvieron a brotar.

—Mamá, no llores más. Voy a llamar a la abuela, y si te escucha así, se pondrá a llorar contigo.

—Está bien... ya no lloro.

Elena se secó apresuradamente las mejillas.

Isabel marcó el número de Doña Matilde Sandoval y puso el altavoz.

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