—Al principio, pensaba quedarme definitivamente en San Jacinto para ayudar a Isabel con los niños. Pero ahora que te tiene a ti, su verdadera madre, debo dejarles espacio para que recuperen el tiempo perdido. En el futuro, trataré de visitarlas seguido.
En ese viaje de vuelta a la capital, Silvia también se había inscrito en un curso para mantener su vida ocupada y enriquecedora.
Su misión de cuidar a Isabel había concluido.
Pero el lazo y el amor entre ellas jamás desaparecería.
Al día siguiente.
Todos los miembros de la familia Solís se presentaron en el juzgado.
Fernando, por supuesto, también asistió.
En la entrada, Isabel se topó con Camila y Leonardo.
Hacía tanto tiempo que no veía a Leonardo que sintió como si estuviera frente a un completo extraño.
Camila, al verla, no mostró ni una pizca de arrepentimiento ni de temor. Por el contrario, sonrió con arrogancia.
—Isabel, cuánto tiempo sin verte.
¿Cómo podía estar tan relajada? ¿Acaso no temía ser condenada ese mismo día?
¿O era que Leonardo tenía los medios para hacerle ganar el caso?
Leonardo se limitó a lanzar una mirada a Isabel sin articular palabra.
Isabel los ignoró y caminó directamente hacia el interior del edificio.
Leonardo reprendió fríamente a Camila:
—¿Quieres que todo el mundo sepa lo seguros que estamos?
—¿No lo tienes ya todo controlado? Hoy saldré libre.
—Siempre puede haber imprevistos hasta el último segundo. Te conviene comportarte.
Camila se vio obligada a borrar la sonrisa de su rostro.
Isabel tomó asiento en el área del público y le susurró a Javier:
—Me encontré con Camila en la entrada. Se veía sumamente relajada, sin una gota de miedo. Me parece muy raro. Conociéndola, debe estar aterrorizada de terminar en la cárcel.
—No te preocupes, no le durará mucho la alegría.
Fernando ya le había asegurado a Javier que Camila tenía un pie en prisión.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Divorcio Postparto con Mi Cruel Marido Millonario