Doña Matilde, al ver la situación, entendió enseguida las buenas intenciones que Gustavo tenía hacia Elena.
El invierno en Suecia era mucho más crudo que en San Jacinto, y una espesa capa de nieve cubría el suelo.
Los Sandoval invitaron a los Noriega a pasar.
Gustavo había preparado regalos lujosos.
Había un detalle para cada miembro de la familia, incluyendo a los hijos de Isabel.
Gabriel había conocido a los cuatro pequeños una sola vez, y esta vez también les llevó juguetes.
Isabel se apresuró a decirles:
—Rápido, denle las gracias al tío Gabriel.
—Gracias, tío.
Esas vocecitas tiernas hicieron que Gabriel se sintiera inmensamente feliz.
Como todos los regalos eran juguetes, los niños no tardaron en arrastrar a Gabriel para que jugara con ellos.
Isabel se sentó junto a Elena.
Gustavo se dirigió a Doña Matilde con profundo respeto:
—Mi llegada ha sido un tanto repentina. Elena y yo somos esposos; cuando nos casamos, las circunstancias eran muy particulares y no pude pedirle su bendición. Al enterarme de que regresarían a su hogar, quise venir personalmente para dejar las cosas claras.
Estando en su propia casa, Doña Matilde ya no anduvo con rodeos y fue directa:
—Cuando ustedes se casaron, Elena no recordaba nada de su pasado. Ahora que ha recuperado la memoria, tomar una decisión le resulta muy difícil. Espero que pueda comprenderla y no la presione. Su separación de Julián no fue por problemas matrimoniales, sino porque la muerte los separó. Así que, si ella aún lleva a Julián en su corazón, le ruego que no le guarde rencor.
Ninguna madre soportaría ver a su hija sufrir.
Gustavo se apresuró a responder:
—Jamás le guardaría rencor. Me preocupo por ella y sufro al verla angustiada. Si fui a la casa de los Solís y vine a Suecia por iniciativa propia, es precisamente porque no quiero dejarla enfrentando esto sola.
Además, le aterraba la idea de perderla.
Si era posible, quería que la familia Sandoval respaldara su relación.

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