Fernando sacó una cajetilla y le ofreció un cigarrillo a Javier.
Tras encenderlo, reflexionó sobre las palabras de su amigo.
—¿Quieres decir que si no he sido infiel, aunque ella presente la demanda, el tribunal no nos divorciará?
—Si no hay violencia doméstica, ni infidelidad, ni problemas mentales graves que pongan en riesgo a la mujer y a los hijos, y además están en período de lactancia, mientras el marido insista en que el vínculo matrimonial no está roto, no se pueden divorciar. Pero, claro, eso es imposible en tu caso.
Javier dio una calada a su cigarrillo. —Tu infidelidad es un hecho consumado. Lo pregonas a los cuatro vientos, como si quisieras que todo el mundo supiera tu relación con Camila. Te aprovechas de que Isabel no tiene a nadie que la respalde y no se atreve a enfrentarte. De lo contrario, ya te habrían demandado hace tiempo.
Fernando miró a Javier de reojo, disgustado. —Me doy cuenta de que cada vez te pones más de parte de Isabel.
—No me culpes a mí, solo te estoy exponiendo los hechos.
Fernando siguió bebiendo a solas. Javier, aburrido, comentó: —Beber solo nosotros dos es un rollo. Ayer hablé con Sebastián, dice que quizás vuelva en un par de días. Cuando regrese, ¿le organizamos una bienvenida?
Fernando respondió con indiferencia: —Organízalo tú.
Esa noche, Fernando no paró de beber hasta caer borracho en el sofá.
Javier había pensado en llevarlo personalmente a casa, pero luego cambió de opinión. Salió, le dio el número de teléfono de Isabel a la recepcionista de La Cava Nocturna y le dijo que en el reservado VIP todavía quedaba un cliente bebiendo. Si se pasaba de copas, que llamaran a su esposa para que viniera a recogerlo.
La Cava Nocturna cerraba a las dos de la mañana. El teléfono despertó a Isabel en mitad de la noche.
—Disculpe, ¿hablo con la señora Isabel?
Isabel, todavía adormilada, respondió con un leve —Mmm.
—Soy la recepcionista de La Cava Nocturna. Su esposo ha bebido demasiado y estamos a punto de cerrar. Le agradeceríamos que viniera a recogerlo.
—¿Está solo?

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