~Rowan~
Me desperté con un dolor de espalda terrible; dormir en esa cama de tablas, que crujía con cada uno de mis movimientos, había sido una tortura.
De mal humor, me di una ducha rápida y bajé al comedor para desayunar con mi abuelo. Él ya estaba allí, desmenuzando unas tostadas con parsimonia. Al ver de nuevo sobre la mesa esas mismas galletas de mantequilla con el punto rojo, no pude evitar arrugar la nariz con fastidio.
—Buenos días, hijo —me saludó sin levantar la vista—. ¿Cómo pasaste la noche?
—De mil demonios —mascullé. Una empleada colocó un plato frente a mí; al menos la comida seguía siendo tan deliciosa como recordaba.
—Quería hablarte de Ivette.
Detuve el tenedor a medio camino de mi boca.
—No me arruines la mañana, ¿quieres?
—No seas inmaduro, Rowan. Esto es serio, ella aceptó casarse contigo.
—¿Qué?
—Firmamos un contrato por un año —declaró—. Si al terminar el plazo no te has enamorado de ella, se divorcian. Pero si lo haces, se olvidarán de cualquier separación.
Su tono era tan firme que supe que no bromeaba.
—Abuelo, lamento no haberlo dicho antes, pero volví con mi ex —mentí con rapidez—. Me casaré con ella, así que cancela toda esta tontería. Te daré la familia que tanto me exiges, pero a mi manera.
—¿Qué patrañas son esas? —golpeó la mesa, estallando en cólera—. ¡De ninguna manera! ¿Cómo puedes volver con ella después de lo que te hizo? ¡No lo permitiré!
—¡Pues yo no voy a permitir que me cases con una campesina cuando amo a otra mujer! —respondí, alzando la voz.
—¡Te casas y punto! —sentenció—. Es mi última palabra, Rowan. O pasas por el altar, o le entrego la empresa a tu primo. Él no desperdiciará una oportunidad así, créeme.
Me puse en pie haciendo que la silla chirriara violentamente contra el suelo. Se me había cerrado el estómago; ya no me quedaban ganas de probar bocado.
Era un hombre adulto, acostumbrado a tomar mis propias decisiones y a mandar. ¿Cómo se atrevía ese anciano a intentar controlar mi vida?
Salí de allí hecho una furia, decidido a buscar a esa mujer para obligarla a desistir. Si ella se negaba con uñas y dientes a la boda, mi abuelo no tendría más remedio que dejarme en paz.
Le pregunté por ella a una de las empleadas, que no dejaba de devorarme con la mirada, y me mandó al área de lavandería. Allí, bajo el sol abrasador, encontré a esa enana desarrapada.
Estaba colgando unas mantas blancas en las cuerdas del patio. Llevaba puestos unos auriculares y cantaba con una voz tan desafinada como su propio aspecto.
—Oye —le puse una mano en el hombro y ella soltó un grito que casi me deja sordo.
—¡Me asustaste! —chilló—. ¿Qué demonios quieres? —se plantó frente a mí con las manos en las caderas.
—Mi abuelo me dijo que aceptaste el matrimonio.
—Sí, ¿y qué con eso?

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Domando a un millonario