~Ivette~
El camino de regreso a nuestra cabaña nunca me había parecido tan largo y asfixiante. El polvo del sendero se levantaba con cada uno de mis pasos furiosos, ensuciando el borde de mi vestido de flores, ese que mi abuela me había insistido tanto en usar para «causar una buena impresión». Qué estupidez.
La única impresión que había quedado grabada a fuego en mi mente era la de mi propia firma bajo una cláusula que me condenaba a algo mucho peor que la servidumbre.
—¡Un hijo, abuela! ¡Un hijo! —exclamé, deteniéndome en seco bajo la sombra de un roble—. ¿Cómo pudo el patrón ocultarme algo así? ¡Me dijo que sería un año de compañía, de fingir frente a la sociedad, de ayudarlo a enderezar al malcriado de su nieto! ¡Nunca mencionó que tendría que entregar mi cuerpo y mi vida de esa manera!
Mi abuela, que caminaba con los hombros hundidos y la mirada fija en sus manos sarmentosas, se detuvo a mi lado. Sus ojos nublados por los años y ahora por el arrepentimiento, se llenaron de lágrimas.
—Lo siento tanto, Ivette... de verdad, hija, yo no sabía que las cosas llegarían a ese extremo —susurró con la voz quebradiza—. El señor Walter siempre ha sido un hombre de ideas firmes, pero esto... si quieres, puedo volver ahora mismo. Hablaré con él, le suplicaré que rompa esos papeles, le diré que no puedes...
—¡No! —la interrumpí de inmediato, sintiendo un nudo en la garganta—. No vas a suplicar nada. Ya viste al abogado; esos papeles ya están en el sistema. Además, el patrón está delicado de salud. Si vamos con exigencias ahora, se le subirá la presión otra vez y no quiero cargar con su muerte en mi conciencia.
Apreté los puños, sintiendo cómo las uñas se clavaban en mis palmas. El rostro de Rowan, con su mandíbula perfecta y sus ojos cargados de soberbia, apareció en mi mente. La idea de tener un vínculo eterno con un hombre que me llamaba «lavandera» con tanto asco me daba náuseas.
—Haremos lo que sea necesario —dije, retomando la caminata—. Pero escúchame bien, abuela: ni una palabra de esto a mi madre. Ni de la cláusula, ni del desprecio de Rowan, ni de mis ganas de salir corriendo. Ella cree que este matrimonio es una bendición que nos sacará de la miseria y le dará el tratamiento que necesita. Si se entera de la verdad, se pondría mal, y su corazón no aguantaría la angustia.
—Tienes razón, hija. Seré una tumba —asintió ella, secándose las lágrimas con el delantal.
Llegamos a nuestra pequeña cabaña, un lugar humilde que olía a hierbas secas y a la humedad de la leña. Al entrar, el silencio me recordó la fragilidad de nuestra situación. Me dirigí directamente al cuarto del fondo, donde mi madre permanecía postrada.
El olor a medicina y a encierro me llegó de lleno.
—¿Ivette? ¿Eres tú, mi cielo? —la voz de mi madre sonó débil, como un hilo de seda a punto de romperse.
«Mi pobre madre»
Me esforcé por dibujar una sonrisa en mi rostro, una máscara que ocultara la tormenta que llevaba por dentro. Me senté a la orilla de su cama y tomé su mano fría entre las mías.
—Sí, mamá. Ya estamos aquí.
—Cuéntame... ¿cómo fue? ¿Ya es oficial? —preguntó ella, con un brillo de esperanza en sus ojos hundidos.
—Ya firmamos los documentos —dije con suavidad, omitiendo la parte donde casi le rompo la cara a mi futuro esposo frente al abogado—. Todo se está preparando para la unión. El patrón quiere que sea pronto.
—¿Y él? ¿Cómo es Rowan contigo? —mi madre me miró con intensidad, buscando la verdad en mis pupilas—. Dime que es un buen hombre, que te tratará como la reina que eres. No quiero que sufras por mi culpa, hija. Me parte el alma saber que te estás casando para costear mis cuidados.
Tragué saliva, sintiendo que la mentira me quemaba la garganta.
—Es... interesante, mamá. Es un hombre de ciudad, ya sabes, un poco reservado al principio y algo orgulloso, pero me trata con respeto —mentira—. Me ha preguntado por ti —mentira— y está ansioso por que todo salga bien. No te disculpes más, mamá. Esto es lo mejor para todos. Estarás bien, tendrás a los mejores especialistas y yo estaré feliz de tenerte unos años más conmigo.
La convencí de que descansara y, tras arroparla, salí de la habitación sintiéndome la persona más ruin del mundo. Me encerré en mi propio cuarto, un espacio minúsculo con una ventana que daba al patio de lavado donde, hasta hace poco, mi única preocupación era que no lloviera sobre las sábanas blancas.


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