—A simple vista, la colaboración no parece tener nada de malo, pero piénselo, señorita; una vez que arranque, si ellos se alían para atacar al Grupo León, la patente del sistema sería lo de menos; me temo que aprovecharían para planear la absorción de todo el Grupo León.
En los negocios, las maniobras podían ser oscuras e impredecibles. Si esas dos empresas unían fuerzas, el Grupo León quedaría en grave peligro. Aun así, aunque Vanessa seguía molesta porque Rafael hubiera dejado pasar lo de Édgar, no creía que él fuera capaz de atacar al Grupo León.
—Rafael está a cargo de este asunto. Aunque Édgar quisiera atacar al Grupo León, me temo que se quedaría con las ganas.
—La confianza que le tiene al señor Cisneros es conmovedora, señorita. Pero ¿se ha preguntado por qué Automotriz Hilmesh, con la reputación que tiene, vino por iniciativa propia a proponernos colaborar? Hoy en día no faltan empresas de autos eléctricos en el mercado —continuó Federico, seco—. Además, Grupo Firax ya cuenta con un excelente equipo de investigación y desarrollo. No tenía ninguna necesidad de dar un paso más e involucrar al Grupo León. A mi modo de ver, con esta colaboración no solo vienen por la patente de su sistema… también vienen por todo el Grupo León.
A Vanessa se le heló la sangre; el espanto se le notó en la cara, pero enseguida recuperó la compostura.
—Lo investigaré a fondo. No puedo descartar la colaboración solo por sospechas.
—Por supuesto.
Federico apenas sonrió. De vuelta en su oficina, después de dejar a Vanessa, hizo una llamada.
—Por ahora sospecha, pero no está del todo convencida. Calculo que, en cuanto encuentre algo, se retractará.
***
Rodrigo, con camisa negra y audífonos, practicaba golf en su oficina.
—Si no se da por vencida, buscamos la forma de hacerla desistir y listo. —Rodrigo golpeó la bola con una postura elegante e impecable y la embocó de un solo tiro.
Sonrió de lado mientras Federico preguntaba desde el otro lado de la línea:
—¿Quieres decir que tenemos que hacer que Vanessa vea las pruebas?
Rodrigo dejó el palo en su lugar y caminó hasta la ventana. Miró los rascacielos con frialdad.
—¿Verlas? Eso no basta. También tiene que escucharlas.

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