Al recordarlo de nuevo, Vanessa sintió como si alguien le partiera el corazón en dos. Le dolía tanto que ya casi no sentía nada. Hasta respirar le oprimía el pecho.
—Voy a colaborar con Automotriz Hilmesh, pero todavía no. —Vanessa esquivó la pregunta y, de paso, reveló sus planes.
Leandro nunca se metía en sus decisiones. Al notar que ella no quería seguir hablando, no insistió.
—Por cierto, ya investigué lo de la grabadora de voz. Después de lo que le pasó a doña Juana, una empleada llamada Marta Lugo entra cada dos días a la habitación donde ocurrió el ataque, y siempre se queda casi una hora.
Una limpieza normal no tarda tanto. A Vanessa aquello le pareció sospechoso.
—¿Sospechas que está buscando la grabadora?
—Exacto.
Después, Leandro le entregó un informe.
—Aquí quedó registrado qué días descansa y a qué hora sale de la residencia de los Cisneros. Si empezamos por ella, podríamos encontrar una pista.
Vanessa sintió un rayo de esperanza y le dio las gracias a Leandro muchas veces. Estaba convencida de que esa tal Marta sabía algo; si empezaban por ella, quizá muy pronto encontrarían la grabadora. Al salir del departamento de ingeniería, Vanessa fue a la casa segura a ver a Juana.
Las heridas de Juana ya habían sanado, pero seguía sin recuperar la memoria. Vanessa la visitaba de vez en cuando para conversar un rato. También la dejaba salir, casi siempre escoltada por guardaespaldas. Juana seguía sin recordar nada.
—Perdóneme, señorita. Tengo la cabeza hecha un desastre; sigo sin acordarme de nada.
Juana se golpeó la cabeza, mortificada, y Vanessa se apresuró a sujetarle las manos para detenerla. Solo logró calmarla después de insistir mucho.
—Usted concéntrese en reponerse y no se exija tanto.
—Gracias, señorita.

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