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El Arquitecto De Mi Refugio (Vanessa y Rafael) romance Capítulo 749

Vanessa se quedó helada. No esperaba que vinieran a secuestrar a alguien tan temprano. Pasado el impacto, alzó la voz para detenerlos:

—¿Quiénes son ustedes? ¡Suéltenla ya!

Los matones iban cubiertos de pies a cabeza, con mascarilla y gorra; solo se les veían los ojos. Observaron a Vanessa con aire calculador.

¿No era esa precisamente la otra mujer que debían capturar?

Las órdenes que habían recibido eran llevarse no solo a Susana, sino también a Vanessa. Vanessa solo contaba con tres acompañantes. Además de ella, estaban Daniel y dos guardaespaldas.

Los secuestradores eran cinco o seis. Al darse cuenta de que tenían ventaja numérica, arrojaron a Susana al interior de la camioneta, cerraron la puerta y, con cuchillos y palos en mano, atacaron con ferocidad al grupo de Vanessa.

Vanessa entrecerró los ojos, sin miedo.

¡Perfecto!

También quería comprobar si detrás de todo estaba la persona de la que sospechaba.

—Señorita, váyase primero.

Daniel se apresuró a interponerse frente a ella para protegerla. Vanessa se sorprendió; no esperaba que Daniel tuviera tanto valor. Apenas acababa de salir del hospital y ni siquiera terminaba de recuperarse.

—Que no se escapen.

Vanessa sonrió. Dio la orden e hizo a Daniel a un lado. Solo había traído dos guardaespaldas. Pero ambos eran mercenarios retirados y peleaban de maravilla.

Para ellos, enfrentarse a tres hombres cada uno no suponía ningún problema. Apenas había apartado a Daniel cuando el cabecilla, un sujeto de gorra negra, lanzó un golpe feroz con el palo. Por poco le abrió la cabeza a Daniel.

En un abrir y cerrar de ojos, los dos bandos se trenzaron a golpes y desataron el caos.

—Ve a sacarla.

Vanessa le dio unas palmadas en el brazo a Daniel, que seguía inmóvil y confundido. Para cuando Daniel reaccionó, Vanessa ya había llegado a la camioneta y había abierto la puerta.

Susana, con las manos atadas, estaba tendida sobre el asiento. Al ver a Vanessa, la esperanza se abrió paso entre el miedo.

—¡Sálveme! Salve a mi hija, se lo ruego... —gritó Susana.

—No tenga miedo. Baje.

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