Vanessa siguió las indicaciones hasta llegar en auto a los terrenos de una escuela abandonada. Susana miraba nerviosa por la ventanilla; cuando el auto se detuvo, empezó a temblar.
—Señorita León...
—No tenga miedo. Yo la acompaño.
Vanessa le dio unas palmaditas en la mano. Susana aferraba la tela con el puño; debajo llevaba escondida la grabadora de voz. Susana bajó del auto detrás de Vanessa.
La explanada desierta estaba cubierta de polvo y basura. Un grupo de hombres las esperaba; todos empuñaban cuchillos. La niña del vestido blanco lloraba con la cara cubierta de lágrimas y tierra, y temblaba de miedo.
—Mamá...
—¡Emilia!
La niña estaba tan asustada que apenas tenía voz, pero en cuanto vio a su madre logró gritar, entre el terror y la esperanza.
Quiso correr a refugiarse en los brazos de su mamá, pero la sujetaban por el cuello del vestido y, por más que forcejeaba, no lograba zafarse.
—Mamá, mamá...
Emilia lloraba cada vez con más fuerza; las lágrimas no paraban de rodar por sus mejillas. Partía el alma verla. Susana no soportó ver a su hija tan aterrada y chilló:
—¡Animales! ¡Suelten a mi hija!
A Vanessa se le detuvo el corazón. Aquellos gritos de “mamá” parecían despertar sus propios recuerdos. Sujetó con fuerza a Susana y, llena de furia, fulminó con la mirada a los hombres que tenían enfrente.
—¡Ya traje lo que querían! ¡Suelten a mi hija!
—¡Suéltenla, todavía es una niña!
Susana sacó la grabadora y la alzó. El hombre que sujetaba a la niña llevaba lentes oscuros y el cabello al rape; era corpulento y de aspecto brutal.
—Trae la grabadora.
Susana dio un paso hacia él, pero Vanessa la retuvo y se dispuso a negociar.
—Primero suelten a la niña.

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