Rafael la recorrió con la mirada de arriba a abajo; tenía la cara ensombrecida y un tono reprobatorio, aunque sin ánimo de ser demasiado duro con ella.
—¿Este era el final que querías? ¿Morir juntos? ¿Qué te hace pensar que tu vida es solo tuya? ¡Recuerda que me debes una vida!
Después de gritarle eso, la estrechó entre sus brazos. Vanessa se acurrucó en sus cálidos brazos; todo le parecía un sueño y apenas lograba reaccionar. El resplandor del barril en llamas iluminaba su piel clara y le daba un tono rojizo.
Recordó la vez que Rafael recibió una puñalada por protegerla, pero intuía que él no se refería a eso. Pero estaba tan agotada que, entre sus brazos, no podía articular palabra.
Rodrigo llegó tarde, acompañado de Daniel. Cuando Daniel vio que los hombres del otro bando ya estaban sometidos, por fin respiró aliviado.
Rodrigo miró a los dos abrazados; entrecerró los ojos y su expresión se entristeció.
Mientras tanto, Alexis recibió la llamada de los matones. Al enterarse de que la operación había fracasado, se dejó caer en el sofá y echó la cabeza hacia atrás, derrotado.
Vanessa ya tenía la grabadora. Ese año detuvieron y procesaron a su madre, y ahora su padre estaba en el hospital con un balazo, entre la vida y la muerte. Tramaron tanto y, al final, ¿qué ganaron?
Al pensar en todo eso, a Alexis se le escapó una risa amarga. Se acabó. Esta vez se acabó de verdad.
En medio de su desesperación, Alexis recibió una llamada de Damián.
—Ve al hospital a ver a tu padre.
Alexis sonrió con sarcasmo.
—¿Ir a qué? ¿A esperar a que Rafael y Vanessa me exijan cuentas de por qué hice lo que hice hace diez años? ¿A ser testigo de su matrimonio feliz?

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