“Está bien, Lilly-Bear. Estoy a punto de tener el bebé... ¿Recuerdas lo que te dije que sucedería cuando fuera el momento?”.
Ella asiente con la cabeza. “Sí. Dijiste que sentirías dolor, pero no debería preocuparme porque eso es parte de traer al bebé al mundo”.
“Bien”, digo con un gesto de dolor cuando me llega otra contracción. “Eso es lo que está pasando ahora mismo, así que no tengas miedo”.
Gabriel me toma la mano y me ayuda a salir de la habitación. Respiro por la nariz y por la boca, pero seamos honestos, eso no ayuda mucho, ¿o sí?
“No lo entiendo. ¿Por qué tienes que sentir dolor? ¿Por qué el bebé no puede salir de ti sin causarte dolor?”.
Lo último que quiero es traumatizar a mi hija explicándole que el dolor es necesario para empujar al bebé hacia afuera. Ella querrá saber por qué es necesario empujar al bebé hacia afuera, y yo tendré que explicarle que es porque el bebé es grande y mi conducto es más pequeño, por lo que esas contracciones son necesarias para empujar al bebé hacia afuera. Luego querrá saber qué conducto es ese, y tendré que decirle que el bebé sale a través de la vagina.
Como puedes ver, ella no está preparada para esa conversación. Quedará traumatizada cuando sepa cómo llega realmente un bebé al mundo.
“Maldición”, gruño cuando otra contracción me golpea.
“El lenguaje”. Me lo dicen al mismo tiempo padre e hija.
“¿En serio me estás pidiendo que cuide mi lenguaje ahora?”, les espeto, mientras mi mano aprieta la de Gabriel.
“Pareces enojada, mami”.
“¿Tú crees?”, la miro fijamente mientras salimos.
El conductor nos ve y abre rápidamente la puerta. Gabriel me hace pasar con delicadeza antes de que él y Lilly suban también.
“Llama a Ava… Hazle saber”, le ordeno.
Mi doctora estaba de turno. En cuanto llegamos al hospital, me llevaron en silla de ruedas a mi habitación, donde Gabriel me ayudó a cambiarme.
“Todo parece ir muy rápido. ¿Estás lista para traer a tu bebé al mundo?”, me pregunta Macy, mi doctora, con una sonrisa en el rostro.
Dios mío, ¿cómo puede ella estar tan feliz cuando yo soy tan miserable? ¿Qué le pasa?
No respondo. En cambio, frunzo el ceño y aprieto el puño cuando me llega otra contracción. Esta es realmente dolorosa.
“Tengo ganas de pujar”, murmuro, conteniendo las lágrimas. “Necesito pujar”.
“Está bien. Solo un par de minutos. Primero te llevaremos a la sala de partos”, responde ella mientras empiezan a sacarme de la habitación en silla de ruedas.

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