En la fiesta de celebración por la salida a bolsa de la nueva empresa de Agustín Galindo, Kiara Pascual le entregó los papeles del divorcio frente a todos los clientes.
Tres meses antes.
Kiara descubrió que su marido tenía otra familia.
Fue un día antes de su cumpleaños. Agustín estaba de viaje de negocios en Costanera Alta; solía ir y venir de esa ciudad varias veces al mes.
Kiara fue a buscarlo a escondidas para darle una sorpresa.
Sin embargo, de camino al hotel, lo vio por casualidad en la puerta de un kínder.
—Hoy Rosario se portó muy bien porque su papá vino al festival deportivo —dijo la maestra—. Sé que tiene mucho trabajo, señor, pero intente hacer un poco de tiempo para su hija. Rosario llora cada vez que viene al kínder diciendo que lo extraña, a mí hasta se me parte el corazón de verla.
Sentada en su coche, Kiara vio con sus propios ojos cómo Agustín, el hombre que imponía su voluntad en la empresa, asentía con sumisión ante la maestra del kínder.
Al irse, llevaba de una mano a una niña de cuatro años y, con la otra, entrelazaba su brazo con el de una mujer.
Kiara conocía a esa mujer.
Era la hija adoptiva de la familia, la hermana adoptiva de Agustín, Bianca Galindo.
También conocía a la niña. Era la hija de Bianca y del mejor amigo de Agustín, Sergio. Se llamaba Rosario...
O al menos, así se suponía que eran las cosas.
Subieron al coche estacionado a un lado de la calle.
Bianca acomodó a Rosario en la silla de seguridad y luego abrió la puerta del copiloto para subir.
Era un Maybach negro.
Kiara lo había elegido para Agustín cuando se casaron.
Él le había prometido que ese asiento del copiloto siempre sería exclusivo para ella.
Kiara los siguió con sumo cuidado, con las palmas sudando a mares sobre el volante.
Entraron a la zona residencial de Villa del Prado.
Según recordaba Kiara, esa no era la dirección donde Bianca vivía tras haberse casado.
Agustín y Bianca entraron a la casa con Rosario y, poco después, salieron arreglados con ropa de gala, como si fueran a un evento especial.
Kiara no tuvo el valor de meterse a escondidas a la casa. Siguió manejando tras Agustín y vio que llevaba a Bianca y a Rosario a La Cava Mayor.
Era un restaurante en Costanera Alta donde conseguir mesa era casi imposible; por lo general se requería reservar con medio año de anticipación.
Como Kiara no tenía reserva, no pudo entrar.
Desde la entrada, vio a Agustín sentado con Bianca y Rosario. La mesa estaba llena de platillos finos y había un gran pastel.
Antes de llegar a Costanera Alta, Kiara se había preguntado si Agustín le habría comprado un pastel para ella.
Resultó que sí había encargado uno, pero para otra persona.
—¡Feliz cumpleaños, Rosario!
Parecían una familia perfecta, rebosante de felicidad.
Después de soplar las velas, Agustín le preguntó a Rosario:
—¿Qué deseo pediste?
La vocecita tierna de la niña de cuatro años resonó claramente en el restaurante.
—Pedí que mi papi pase todos mis cumpleaños conmigo de ahora en adelante, y que me acompañe todos los días.
Una pizca de incomodidad cruzó el rostro de Agustín por un segundo.
Ese sutil cambio de expresión no pasó desapercibido para Bianca.
—Rosario, ya te he dicho que tu papá tiene mucho trabajo —dijo Bianca.
—Pero yo lo extraño...
Rosario hizo un puchero, se le pusieron los ojos rojos y comenzó a derramar lágrimas enormes.

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