En cuanto se toparon frente a frente, Kiara por fin entendió por qué Agustín le había regalado un vestido tan sencillo:
Todo era para hacer resaltar a Bianca.
Con ese atuendo, era evidente que Bianca también iba al aniversario de CM San Rafael.
De lo contrario, no estaría cubierta de perlas de pies a cabeza.
¡Cualquiera juraría que era mayorista de joyas!
El vestido de Bianca era el polo opuesto al de Kiara.
Llevaba una tela de tono blanco perlado, tapizada de cientos de perlas de todos los tamaños. Un trabajo extremadamente ostentoso y recargado.
Y por si fuera poco, a Bianca no le bastó con eso.
Llevaba un juego completo de joyería repleto de incrustaciones: tiara, aretes, collar, pulsera, anillos, ¡y hasta una tobillera!
Kiara tenía buen ojo.
Tan solo lo que Bianca llevaba encima debía costar un par de millones de pesos como mínimo.
Todo era de alta costura, y las perlas, auténticas.
El problema era que...
Había que tener un talento especial para hacer que una fortuna en ropa y joyas se viera tan de nuevo rico, y Bianca lo tenía.
—Ay, Kiara, vamos al aniversario de un cliente muy importante... ¿Y te vienes vestida tan simple? ¿No te da miedo que sientan que les estás faltando al respeto?
El tonito pasivo-agresivo de Bianca hizo reír a Kiara.
—Este vestido me lo regaló Agustín. Si alguien les está faltando al respeto, es él.
Al escucharla, el propio Agustín se puso sumamente incómodo.
—Uy, pues qué raro... —Bianca empezó a lucirse con poses forzadas frente a Kiara.
—¡Porque este vestido también me lo compró él! ¡Y de paso me regaló todo el juego de perlas! Son Akoya y australianas de primera calidad, se gastó millones en mí...
De pronto, Bianca se tapó la boca fingiendo inocencia.
—¡Ay, Kiara, haz de cuenta que no dije nada!
Cuando Bianca se metió al coche, Kiara volteó a ver a Agustín.
Él ni siquiera tuvo el valor de sostenerle la mirada.
Era obvio que lo sabía y lo había permitido.

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