Muy a lo lejos, Kiara percibió un olor a limpio.
¡Obvio era el champú que usaba Federico!
Porque era imposible que oliera a pura feromona...
Kiara se rio para sus adentros.
De repente, una gotita de agua se deslizó por un mechón de pelo, cayó sobre su frente y bajó lentamente por su nariz perfectamente delineada.
Los ojos de Kiara también bajaron.
Pero los de ella fueron un poco más rápido y aterrizaron directo en su pecho.
Aunque la cara de Federico ya era un espectáculo, en ese preciso instante le resultaba casi imposible no enfocarse en su cuerpo.
Como vivían bajo el mismo techo, ya tenía muy claro el tipo de ropa que usaba para estar en casa.
Siempre era un conjunto negro larguísimo, abotonado hasta arriba, que no dejaba asomar ni un milímetro de piel.
Sin embargo, justo ahora, la playera negra parecía más una bata que le colgaba floja de los hombros, exhibiendo todos sus músculos y un abdomen súper marcado.
Esa facha tan atrevida chocaba un montón con su típica vibra de monje ermitaño.
¿Será que se apresuró a abrirle la puerta?
Kiara no le hallaba la lógica.
En eso, Federico se hizo a un lado para dejarla pasar.
El ambiente en la sala estaba tenso, a tal punto que sintió calor.
Quería pensar que el aire se sentía sofocado solo porque el hombre andaba exhibiéndose así.
—Oye...
—Perdóname.
Antes de que Kiara soltara su disculpa, las palabras de él se adelantaron.
Kiara peló unos ojotes.
Federico estaba parado frente a ella, con su cara de piedra de siempre, pero su mirada desbordaba sinceridad.
—Aquel día... no debí llevarte a la fuerza. Te causé problemas.
—¡No, no manches! —Kiara agitó las manos—. Qué bueno que me ayudaste, más bien la culpa fue mía por dejarte tirado a medio puente.
Federico se quedó viendo en silencio la cara de culpa de Kiara, hasta que por fin le cayó el veinte.
—O sea que... ¿no estás enojada conmigo?
—¿Por qué me iba a enojar? Más bien pensé que tú estabas encabritado. Si no, ¿por qué desapareciste todos estos días?
—Es que... me fui de viaje de negocios.
—¡Ah, con razón!

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