Kiara se quedó pasmada, mirándolo fijamente.
El rostro de Federico era imperturbable, de facciones marcadas y perfectas.
En su mirada profunda casi no se reflejaba ninguna emoción. Aun así, ella intuyó que no estaba enojado.
—Te estás confundiendo. El objetivo principal de la cena era festejar que el proyecto fue un éxito... pero bueno, sí admito que en el fondo buscaba que me echaras la mano convenciendo al señor Sandoval.
Ella ladeó la cabeza y en sus ojos asomó una sonrisa llena de picardía. No le estaba mintiendo. Para que su plan siguiera avanzando paso a paso, no tenía nada de malo aprovecharse un poquito de los contactos de su casero.
Federico se quedó mirándola con detenimiento. Kiara estaba ahí, frente a él, con una sonrisa juguetona y un aire de completa seguridad. Aquella imagen reflejada en sus pupilas parecía resplandecer de lo bonita que se veía.
—Tú también te estás confundiendo... —Federico desvió la mirada y volvió a enfocarse en su plato—. No tenías que haber cocinado todo esto...
Dio el último bocado y se levantó para empezar a recoger los trastes de la mesa. Luego, en un tono de voz casi imperceptible, como si temiera que alguien lo escuchara, agregó:
—Basta con que me lo pidas y yo te ayudaré.
Antes de siquiera terminar la frase, agarró los platos y se metió rápido a la cocina.
Kiara se quedó viendo la espalda alta y recta del hombre mientras se iba, sintiéndose desconcertada. «¿Acaso lo decía para que no me cansara cocinando tanto?», pensó.
Se sentó con las piernas cruzadas en la silla y estiró el cuello para espiar hacia la cocina. Le daba curiosidad saber si él se había avergonzado. Desde que dijo aquellas palabras, no le había vuelto a dar la cara.
Al día siguiente, a primera hora en la oficina, Kiara se topó con el mismísimo señor Sandoval, quien acudió personalmente para firmar el contrato de exclusividad.
Una vez cerrado el trato, se paró junto al ventanal de su oficina y le mandó un mensaje de WhatsApp a Aitor:
[Lo que platicamos antes, ya puedes empezar.]
Durante la hora de la comida, Leticia terminó sus alimentos y se dirigió a la sala de descanso.
En los seis años que llevaba trabajando para Galindo Medicina Estética, su rutina diaria siempre era pasar por esa sala después de comer y comprar una barra de proteína en la máquina expendedora.

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