Al darse cuenta, Jaime comenzó a admirar al dueño del crucero.
Pronto, todos llegaron al lugar de la subasta tras ser guiados por la tripulación del barco.
Al ver lo abarrotado que estaba, Jaime dedujo que a los ricos les encantaba coleccionar antigüedades, ya que no tenía sentido tener tanto dinero, pero no gastarlo.
Además, las antigüedades también se consideraban inversiones. Si alguien podía hacerse con algo de valor, sin duda sería un negocio rentable.
Como las reglas de la subasta exigían un depósito para entrar, Arturo pagó el millón estipulado.
Tras encontrar un rincón apartado, el grupo tomó asiento y esperó en silencio a que comenzara la subasta.
Justo después, Jaime vio entrar a Saulo y a Calixto. Sin embargo, ambos tomaron asiento a cierta distancia.
Mientras esperaban, Arturo se frotaba las palmas de las manos emocionado.
—Gonzalo, si encuentro algo bueno y me falta, ¡debes echarme una mano! —susurró Arturo mientras se inclinaba hacia Gonzalo.
—Señor Gómez, no se preocupe. Lo apoyaré sin dudarlo. —Gonzalo asintió con una sonrisa.
—Señor Gómez, aquí tiene una tarjeta. No sé cuánto dinero hay ahí, pero debe haber unos cuantos miles de millones. Tómela y oferte lo que le apetezca con ella.
Jaime sacó una tarjeta bancaria y se la entregó a Arturo.
El dinero de la tarjeta procedía de la venta de hierbas medicinales y de la extracción de piedras preciosas. Al haber delegado los negocios en otra persona, recibiría un flujo continuo de ingresos en la tarjeta.
—No, no puedo quitarte el dinero. Te queda mucho por gastar. —Arturo hizo un gesto con la mano para negarse.
Arturo era consciente de que Jaime necesitaba comprar muchas hierbas y recursos en su viaje de cultivo. Por lo tanto, aún le quedaba mucho por hacer con su dinero.

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