Los asesinos se desplomaron en el suelo bajo la presión. Ni siquiera podían levantar la cabeza.
El miedo se apoderó de ellos, tanto, que incluso se mojaron los pantalones.
Nunca habían sentido un aire tan sofocante, y sabían que el poder de ese hombre sería insoportable para ellos.
—¿Quién los envió?
Jaime se levantó de la cama lentamente y se acercó, mirando a los Cuatro Temibles que estaban arrodillados en el suelo.
Los cuatro se estremecieron de terror, pero ninguno dijo nada.
Su principio era no dar nunca los nombres de las personas que habían ordenado el golpe.
Aunque la presencia de Jaime les inquietaba, seguían aferrándose a su principio.
Jaime sonrió cuando ninguno de ellos respondió.
—Será mejor que dejen de ser tan inservibles antes de que les demuestre quién es más fuerte.
Dicho eso, Jaime levantó la mano.
Un rayo de luz dorada pasó por delante de ellos, y antes de que pudieran entender lo que estaba pasando, las manos de Gamma ya estaban en el suelo.
La sangre salía a borbotones de donde le habían cortado las extremidades.
Jaime le lanzó otro golpe en la cara mientras chillaba. Cuando todo terminó, la mandíbula de Gamma ya estaba rota y ya no podía ni hablar.
Los demás se quedaron helados al ver aquella atrocidad.
Cuando Alfa vio eso, supo que tenía que doblegarse.
—Señor, nos disculpamos por lo que hemos hecho hoy. Si es tan amable de dejarnos ir, le prometemos que no nos volverá a ver. También garantizaremos su seguridad mientras esté en Condado del Sur.
—¿Quiénes se creen que son? —cuestionó Jaime con una sonrisa de satisfacción—: No necesito que garanticen mi seguridad.

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