Cuando Álvaro escuchó eso, asintió y fue a llamar a Jaime.
—Estamos llamando a Jaime para que venga. Puedes dejar a los niños ahora. —Ramón miró a Koji.
—Los dejaré ir una vez que vea a Jaime —se burló Koji.
No les quedaba nada por hacer aparte de esperar a Jaime.
Álvaro entró con rapidez en la habitación de Jaime y lo vio sentado con las piernas cruzadas en el suelo. En ese momento, el sentido espiritual de Jaime había entrado a miles de millas de distancia para cultivar.
—Mi señor... —Álvaro le dio un suave codazo a Jaime.
El sentido espiritual de este último volvió al instante a él. Cuando abrió los ojos, vio a Álvaro y preguntó perplejo:
—¿Qué sucede, Señor Narvarte?
Sabía que Álvaro no lo despertaría de su cultivo si no hubiera una emergencia.
—Los asesinos jetroinianos han llegado, mi señor, en este momento están en la secta matando gente a diestra y siniestra… —informó Álvaro con rabia y tristeza.
En el momento en que Jaime escuchó eso, salió disparado de la habitación en un instante.
Álvaro lo siguió de cerca.
Cuando Jaime llegó y vio los cadáveres en el suelo y a los niños en los brazos de Koji, la furia ardió en sus ojos.
Miró a Koji con frialdad y dijo:
—Soy Jaime. La persona que quieres matar soy yo, así que deja ir a los niños.
Koichi estudió de manera breve a Jaime y sonrió.
—Así que por fin estás dispuesto a mostrarte. Pensé que ibas a seguir escondiéndote como un cobarde.
—¡Eres increíble, Koji! ¡Tu plan obligó a Jaime a salir! —Kochiyu se rio entre dientes.
No era nada extraño que los cinco mataran a dos niños.
Álvaro levantó los cuerpos de los niños con brazos temblorosos. Las lágrimas brotaban de sus ojos como un dique reventado.
Isabel y las otras mujeres también sollozaban bastante fuerte. La llama de la ira en sus corazones se había encendido con furia.
—¡Escuchen, miembros de la Secta del Dios de la Medicina! ¡Debemos matar a estas cinco bestias! ¡Incluso si todos morimos en el intento, no debemos dejar que estas cinco basuras se vayan! —Álvaro anunció en voz alta.
—¡Maten a estas cinco bestias!
—¡Maten a estas cinco bestias!
Los miembros de la Secta del Dios de la Medicina rugieron con furia. En ese momento, ya no los detuvo el miedo a la muerte. Incluso si fueran a encontrar su fin hoy, no se retirarían.
—¡Ja, ja, ja! ¡Estas hormigas creen que pueden matarnos! Sabes, matarlos a todos es tan fácil como hacer un pastel. —Koichi soltó una carcajada.

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