—No hay necesidad de hacerlo. ¿No estoy delante de ti? —se burló Jaime.
—¿Qué? ¿Eres Jaime?
Roldán escrutó a Jaime con sorpresa.
Jaime asintió.
—Así es. Soy yo en carne y hueso.
—Eres un chico con agallas para atreverte a venir aquí después de matar al señor Cornelio y al señor Gonzo. Parece que ya no quieres vivir.
Roldán apenas había terminado cuando los dos Grandes Maestros de Artes Marciales de Octavo Nivel que estaban detrás de él saltaron de repente en el aire. Sin dar a Jaime la oportunidad de responder, ambos desataron sus ataques.
Mientras tanto, Jaime frunció las cejas, desconcertado por lo que había dicho Roldán.
«Aunque Cornelio y yo seamos enemigos, yo no lo he matado ni he visto a Gonzo antes. Entonces, ¿por qué me acusa el mayordomo de haberlo hecho?».
Justo cuando Jaime estaba perdido en sus pensamientos, sus dos atacantes aparecieron justo delante de él.
Cuando los dos liberaron sus auras explosivas, se escuchó el aullido de un torbellino procedente de sus puños. Sin embargo, Jaime ni siquiera se molestó en mirarlos mientras daba una palmada despreocupada.
A continuación, se desató un poderoso vendaval que golpeó a sus atacantes y los hizo volar antes de que sus ataques pudieran conectarse.
No fue hasta que sus cuerpos se estrellaron contra la pared cuando por fin se desplomaron en el suelo. Lo que parecía una bofetada ordinaria había matado a dos Grandes Maestros de Artes Marciales de Octavo Nivel haciendo que sus órganos explotaran.
La impactante escena casi dejó helado a Roldán, que temblaba de miedo.
Mirando al aterrorizado Roldán, Jaime ladró:
—Ve y haz venir a quien esté al mando.
Demasiado asustado para pronunciar otra palabra, Roldán se apresuró a ir a la parte de atrás. Allí, Enzo seguía bebiendo café, sin pensar en la conmoción hasta que vio entrar al aterrado Roldán.
—Señor Enzo, señor Enzo, hay problemas. ¡Jaime está aquí. Jaime está aquí! —gritó Roldán a todo pulmón.
¡Slap!
Para sorpresa de todos, Enzo le dio a Roldán una contundente bofetada.
—¿Y qué si está aquí? ¿Tienes que perder el decoro desvariando como un loco?
Mirando a Roldán, Enzo preguntó:

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