Jaime había llegado de nuevo al callejón junto al edificio de la Alianza de Guerreros en Ciudad de Jade.
Había visto a Josefina cuando Saulo lo trajo aquí la última vez. Esta vez, Jaime había venido solo con el Necroanillo para rescatar a Josefina. Con un objeto mágico como el Necroanillo, salvar a Josefina debería ser muy fácil.
Tras tomarse un momento para observar su entorno, Jaime vio que nadie le prestaba atención y sacó el Necroanillo, que emitía una tenue luz al activarlo.
Entonces Jaime lanzó el Necroanillo al aire, y al instante apareció un agujero negro. De inmediato saltó al agujero negro y un segundo después apareció en el interior de la mazmorra de la Alianza de Guerreros.
Todas las celdas del calabozo tenían puertas de metal con cerraduras. Al oír la conmoción, la gente de las celdas se asomó a sus puertas. Pero Jaime no tuvo tiempo de observarlos. Recordó la celda en la que estaba Josefina y corrió hacia ella tan rápido como sus piernas le permitieron.
Josefina estaba tumbada en la cama cuando Jaime llegó a su celda, que resultó ser bastante decente. Aun así, seguía estando en un calabozo, privándola de la libertad y la luz del sol.
—Josefina... —Jaime la llamó con suavidad.
Josefina se tensó al oírlo y se incorporó como un rayo mientras miraba a su alrededor. Se congeló al ver a Jaime y sus lágrimas cayeron al instante.
Corriendo hacia la puerta, agarró con fuerza la mano de Jaime a través de los barrotes.
—¿Qué haces aquí, Jaime? —preguntó Josefina emocionada.
—He venido a rescatarte. No quiero que te quedes encerrada aquí... —Jaime se congeló a mitad de frase cuando su mirada se posó en la miríada de agujeros que había en su brazo.
Unos segundos después, empezó a temblar por todo el cuerpo mientras una ola de ira extrema le recorría el cuerpo. Sabía exactamente lo que significaban esos agujeros dejados por las agujas.
«Esos hijos de p*ta de la Alianza de Guerreros están cultivando a Josefina por su sangre. ¡Maldita sea! Me odio por ser tan inútil. ¡Ojalá hubiera podido rescatarla antes!».
Las lágrimas de Jaime empezaron a fluir mientras apretaba los dientes en señal de arrepentimiento.

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