Cecilia se puso pálida cuando vio a Tobías de pie ante ella.
Todos los demás también palidecieron de horror.
Moly se escondió detrás de Cecilia con miedo.
—¿Dónde está Jaime Casas? Quiero verlo ahora y a la persona que me emboscó. Diles que salgan. ¡Ahora! —rugió enfadado Tobías.
—Jaime no está aquí —respondió Cecilia con voz temblorosa.
—¡Tonterías! Envié a mis hombres a vigilar el Palacio Carmesí. Jaime nunca se fue —Tobías la fulminó con la mirada—. ¡Será mejor que le pidas que salga ahora, o derribaré el Palacio Carmesí! —declaró con arrogancia.
Mientras sus palabras caían, desató un aura horripilante que envolvió a todos en el Palacio Carmesí. La presión de un marqués de las artes marciales era demasiado horrenda. Al instante, unos cuantos discípulos débiles del Palacio Carmesí escupieron sangre y se desplomaron en el suelo.
Cecilia liberó su aura para enfrentarse a la fuerte aura de Tobías, pero no era rival para éste, aunque había hecho todo lo posible.
En un abrir y cerrar de ojos, su resistencia se hizo añicos.
—Permíteme repetirlo. Dile a Jaime que salga —ordenó Tobías con frialdad.
Cecilia insistió:
—Jaime no está en el Palacio Carmesí. Estoy diciendo la verdad. Puedes registrar el lugar si no confías en mí.
No había forma de que Cecilia convocara a Jaime, pues ni siquiera sabía dónde estaba.
—¡Ja! Tratando de engañarme, ¿eh? —resopló Tobías.
Entonces surgió ante Cecilia en un instante y le agarró la garganta.
Cecilia no podía respirar, y sus mejillas se pusieron de color rojo carmesí.
—¡Deja ir a Cecilia! —Al ver eso, Moly se precipitó hacia adelante y abofeteó a Tobías, con fuerza.
Un brillo frío apareció en los ojos de Tobías mientras mandaba a Moly a volar con un simple movimiento, lo que provocó que ésta vomitara sangre y se estrellara contra el suelo.

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