—¡Jaime! Casas!
Un instante después, Edgar rugió mientras la ira se apoderaba de él. Con los puños cerrados, desató la energía que llevaba dentro de forma maníaca.
La idea de que Jaime estuviera vivo enloquecía a Edgar.
Un segundo después, la energía de Edgar salió disparada hacia Jaime como una espada.
Jaime mantuvo la calma mientras agitaba con suavidad la mano y disipaba la energía de Edgar.
Edgar frunció las cejas. Antes había estado probando a Jaime con ese movimiento, y descubrió que, como él, Jaime había mejorado demasiado.
—Señor Casas, ¿ha rescatado a la señorita René? —preguntó Orlando.
Jaime negó con la cabeza.
—René no estaba presa en la residencia de los Duval.
—Jaime, ¿fuiste a la residencia Duval? —preguntó Ramón emocionado—. Entonces, la señora Beatriz, ella…
«Si Jaime ha ido a la residencia Duval, ¡también puede salvar a Beatriz!».
Una expresión de culpabilidad cruzó el rostro de Jaime.
—La mazmorra de la residencia Duval tiene una matriz arcana que la protege, y no pude atravesarla…
—Mientras estés vivo, tendremos la oportunidad de salvar a la señorita Beatriz.
—Jaime, ya que estamos aquí, debo ser sincero contigo. Nunca tendrás la oportunidad de rescatar a tu madre. Pero si te postras ante mí y te diriges a mí como tu tío, tendré la amabilidad de permitirte conocer a tu madre —dijo Rigoberto con sorna.
La expresión de Jaime se tornó gélida al escuchar aquello.
Un aura asesina brotó de su cuerpo, y aquella presión hizo temblar a los combatientes. Algunos incluso cayeron de rodillas, incapaces de soportarlo.
—¿Quién te crees que eres para llamarte mi tío? Voy a eliminar de este mundo a todos y cada uno de los miembros de la familia Duval —gruñó Jaime, con un tono tan despiadado que a los oyentes les recorrió un escalofrío por la espalda.

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