Saulo y Edgar utilizaban técnicas mágicas bastante peculiares, algunas de las cuales eran inauditas.
Resultó que ésas eran las habilidades más poderosas de los espíritus que residían en sus respectivos cuerpos.
—¡Edgar! ¡cómo te atreves a ser tan arrogante a pesar de tus míseras habilidades! —bramó Saulo antes de hacerse invisible en el aire.
Al segundo siguiente, Edgar sintió que una fuerza descomunal lo aplastaba, haciéndole temblar un poco.
La figura de Saulo se rematerializó de repente, sólo para revelar la total conmoción e incredulidad que había en su rostro.
«¿Cómo? Ése ha sido mi golpe más fuerte, ¡y Edgar apenas se ha inmutado!».
Mientras su rostro se ensombrecía, el resto de la multitud lo observaba con la respiración contenida.
La mayoría esperaba que Saulo saliera victorioso, pero por lo que se veía, ese resultado ya no parecía posible.
Edgar estalló al instante en una carcajada maníaca.
—¡Jajaja! Para que lo sepas, mi cuerpo ya ha soportado antes la tribulación del rayo. Es imposible que puedas hacerme daño.
Con eso, un aura negra lo envolvió y se transformó en una mano gigante que se lanzó hacia Saulo.
Justo entonces, una vieja voz resonó en la mente de Saulo.
—¡Corre! Rápido, corre…
Por desgracia, estaba tan aturdido que apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que la mano gigante se abalanzara sobre él.
¡Bum!
En un instante, Saulo perdió el equilibrio y cayó en picado al suelo.
Edgar, sin embargo, no estaba dispuesto a dar tregua a su oponente. En su lugar, lanzó un ataque implacable, lanzando rayos de energía desde su mano contra Saulo, que quedó incapacitado para moverse o contraatacar.
Para entonces, el público estaba estupefacto. Ni en sus mejores sueños pensaron que una pelea entre dos grandes marqueses de las artes marciales acabaría tan rápido.
Habiendo presenciado la escena, todos en la familia Duval comenzaron a saltar de alegría.
—¡El Señor Edgar es el mejor! El Señor Edgar es el mejor…

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