«El alma de la doncella sagrada ya es muy débil. Sin la protección de un cuerpo humano, no tendría ninguna posibilidad de sobrevivir bajo la energía de supresión del cielo y la tierra».
—Por supuesto —respondió Fernando.
Activó de inmediato su magia de teletransporte y desapareció con Jaime en un instante.
Cuando ambos llegaron a la finca de la familia Gabaldón, encontraron a Casio enfrascado en una profunda conversación con un anciano.
Al enterarse de que Jaime había llegado, Casio se apresuró a saludarlo. El anciano se quedó boquiabierto.
«Es el Gran Anciano de la familia Gabaldón. No puedo creer que saliera a recibir a sus invitados. ¡Ni siquiera yo he experimentado nunca una bienvenida así!».
Desconcertado, el anciano siguió a Casio al exterior.
—Señor Casas —dijo Casio, apresurándose a saludar a Jaime con deferencia.
—Siento la intromisión, Gran Anciano. Necesitaba hablar con usted —respondió Jaime.
—Podemos hablar dentro, señor Casas.
Casio hizo pasar de inmediato a Jaime al interior de la casa.
Una expresión de sorpresa cruzó el rostro del anciano cuando vio que la persona a la que Casio había ido a recibir en persona resultaba ser un hombre joven.
Miró a Casio y le preguntó:
—¿Quién es esta persona? ¿Por qué lo tratas con tanto respeto?
—Es Jaime Casas —respondió Casio. Volviéndose hacia Jaime, le dijo—: Señor Casas, éste es Bruno Garay, jefe de El Adamantino.
Jaime asintió con cortesía a Bruno.
—Encantado de conocerlo, señor Garay.
Mientras tanto, Bruno miraba a Jaime sorprendido. Exclamó emocionado:
—¿Eres la persona que fundó la Secta Duval, se enfrentó a Alianza de Guerreros y acabó con la familia Gayoso de Jetroina?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El despertar del Dragón