—Jaime, ¿y tú? —le preguntó Astrid a Jaime.
—Estaré bien. Estas rocas no pueden hacerme daño. Deberían darse prisa e irse —instó.
—Señor Casas, cuídese —Fernando tiró de Astrid y salió corriendo.
En ese instante, muchas personas también se dieron cuenta de lo que estaba ocurriendo. Al ver las antiguas ruinas derrumbándose, también empezaron a correr hacia el exterior.
Sin embargo, no muchos pudieron escapar, ya que el pasadizo era muy estrecho.
Por suerte, gracias al recordatorio de Jaime, Fernando y Giovanni consiguieron escapar.
¡Prum!
Se produjo un violento temblor, seguido de la caída de enormes rocas.
Todos dejaron de luchar y corrieron para salvar sus vidas. Forero y Vladimir volvieron al lado de Jaime.
—Señor Casas.
Vladimir se extrañó al ver que Jaime no salía de las antiguas ruinas.
—Señor Forero, que muramos aplastados por las rocas o no depende de usted ahora —le espetó Jaime a Forero.
—¡Considere esta sencilla tarea hecha!
Forero sacó unos trozos de amuleto y dibujó despreocupado unos trazos en ellos.
Luego, lanzó los papeles hacia arriba, y unos cuantos amuletos empezaron a girar sobre sus cabezas, bloqueando con eficacia las rocas que caían sobre ellos.
Al ver aquello, Vladimir se volvió para mirar a Forero con ojos llenos de asombro y envidia.
Mientras tanto, Saulo y los cuatro guerreros de Túnica de Oro Negro se reunieron en torno a Malphas.
Malphas emitió una serie de auras, envolviéndolos a todos.
Aunque la montaña se derrumbara, ni ellos ni el altar sufrirían daño alguno.
¡Bum!
La montaña empezó a desmoronarse de verdad, levantando nubes de polvo en el aire mientras las rocas gigantes caían sin cesar.
Muchas personas que no lograron escapar murieron aplastadas por las piedras que caían, mientras que otras gemían en agonía.

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