Cuando Jaime blandió la Espada Matadragones, rayos de luz verde surcaron el aire y rebanaron todo lo que tenían delante. Tras una cadena de explosiones, los samuráis restantes cayeron muertos al suelo de un solo golpe.
Con sólo dos golpes, Jaime había matado a cientos de samuráis. Fue, sin duda, un auténtico baño de sangre.
Lo que lo hacía aún más aterrador era que todos los samuráis eran luchadores de élite de la familia Gayoso y, sin embargo, Jaime los había abatido sin sudar una sola gota.
Así de fácil, la familia Gayoso había perdido a cientos de sus mejores guerreros, y el hedor de la sangre los abrumaba.
Habiendo perdido su bravuconería inicial, Marlo no pudo evitar temblar como una hoja.
Del mismo modo, Arlo y su hijo estaban tan petrificados que casi se orinan en los pantalones.
Incluso Kawano se estremeció ante la visión sangrienta. Agarró con fuerza su vieja katana mientras escrutaba al formidable oponente que tenía delante.
Romario se arrodilló a los pies de Jaime con inmenso asombro y admiración.
—S…Señor Casas... No... Señor, por favor, mate a todos los que están aquí y sálvenos a mi hija y a mí…
«Me da igual lo que digan los demás. ¡No tengo duda de que Jaime Casas es una deidad hasta la médula! ¡Es nuestro maestro!».
Al ver las acciones de Romario, Marlo y el resto se pusieron lívidos de rabia.
—Mata a ese mocoso, Kawano. Y de paso, corta en pedazos al traidor de Romario... —ordenó Marlo mientras una oleada de furia se apoderaba de él.
Al escuchar aquello, Kawano desenvainó lentamente su katana y tiró la vaina, con el rostro sombrío y tenso.
Sabía que no podía bajar la guardia, sobre todo cuando acababa de presenciar cómo Jaime masacraba a cientos de sus compañeros samuráis.
Aunque la katana de Kawano era vieja y sencilla, aún se podía sentir el agudo estallido de aire frío cuando la hoja quedaba al descubierto.
Después de todo, ¿cómo podía haberse ganado el título de maestro espadachín si no tenía una espada formidable?

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