—Tráelos dentro —La antigua voz volvió a resonar en la mente de Hiroichi.
La intención asesina en el cuerpo de Hiroichi se desvaneció al instante mientras miraba a Jaime. Luego los llevó más adentro del santuario.
Pronto llegaron a una grandiosa sala con un leve escalofrío oculto bajo su majestuoso exterior.
Cuando Hiroichi condujo al grupo al interior de la sala, vieron que el amplio espacio tenía el suelo pavimentado con gemas, múltiples incensarios y pinturas.
En el centro de la sala había un anciano marchito sentado de rodillas ante un cuadro.
Sin demora, Hiroichi se arrodillo ante el anciano con devoción y presiono con fuerza su frente contra el suelo.
—Siéntate. —Cuando el anciano habló, su voz sonó como si viniera de lejos.
Jaime se acercó al anciano y se sentó ante él, pero los demás no tuvieron el valor de hacer lo mismo.
La razón era que, aunque el anciano parecía marchito, poseía un aura abrumadora, que hacía que Romario y los demás se sintieran inquietos sin control.
Incluso la expresión despectiva de Forero de antes se tornó sombría cuando conoció al anciano.
—Es la primera vez en cien años que veo a un Cananeo. Permítame que me presente. Soy Toyotomi Hideyoshi. Creo que todos habrán escuchado mi nombre antes. —El anciano contempló a Jaime con una mirada aparentemente omnisciente.
Los demás no se atrevían a establecer contacto visual con el anciano porque sentían que podía leer sus pensamientos con sólo mirarlos.
Mientras tanto, a Jaime no parecía importarle, pues miraba a Toyotomi con diversión.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El despertar del Dragón