Sentimientos encontrados invadieron a Jaime cuando se dio cuenta de que había subestimado el mundo de las artes marciales y sobreestimado sus propias capacidades.
En su nivel actual de Santo de las Artes Marciales de Quinto Nivel, Jaime podía derrotar con facilidad a un Dios de las Artes Marciales con la ayuda de la Forma Verdadera del Dragón Dorado. Sin embargo, si se encontrara con un Dios de las Artes Marciales de fase avanzada, tendría que huir.
Apenas podía creer que hubiera más niveles por encima del Dios de las Artes Marciales.
Jaime sabía que sería derrotado con facilidad por enemigos más capaces que él.
—Parece que hay muchos talentos ocultos en el mundo de las artes marciales. He sido demasiado arrogante —dijo Jaime, dejando escapar una carcajada de autodesprecio.
De pronto, recordó cómo Armando le ponía las cosas difíciles y le oprimía sin motivo desde que regresó de Jetroina.
Al principio, Jaime no tenía ni idea de por qué Armando le hacía eso.
Jaime tuvo una epifanía y se dio cuenta de que las acciones de Armando pretendían evitar que se volviera demasiado arrogante tras regresar de Jetroina. Armando quería que Jaime se enfrentara a la realidad y no se creyera invencible.
—Señor Casas, no se menosprecie. Muchos seres capaces que están más allá de los Dioses de las Artes Marciales llevan mucho tiempo cultivando. Todavía es joven y tiene potencial para ser más poderoso en el futuro —le consoló Casio.
—Muchas gracias, Gran Anciano. Parece que aún me queda mucho camino por recorrer en el sendero del cultivo —respondió Jaime, humilde al darse cuenta.
No perdió el tiempo en el reino secreto de la Puerta de Fuego y se marchó con Fernando poco después.
Mientras regresaban, Fernando pensó de repente en algo y lo compartió con Jaime.
—Señor Casas, si está interesado en conocer la ubicación del Monasterio de Cábala, tal vez podría preguntarle al señor Sabelotodo. Quizá él conozca su paradero —sugirió Fernando.
—¿El señor Sabelotodo? —Jaime se sorprendió, pues era la primera vez que escuchaba ese apodo.
Fernando dijo:
—Ah, el hombre se llama Bartolomeo Durán. Puede que no sea un experto artista marcial, pero tiene amplios conocimientos de la historia del mundo de las artes marciales. He escuchado rumores de que posee un libro que detalla el desarrollo del mundo de las artes marciales, pero no puedo confirmarlo. Puede que sepa dónde está el Monasterio de Cábala.
—¿Dónde está? —apremió Jaime. No tenía ni idea de que existiera un hombre así.

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